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Dos minutos, cuarenta segundos y una trompeta

Charlie Parker y Dizzy Gillespie.

Charlie Parker y Dizzy Gillespie son los dos músicos que más influyeron en el universo del jazz en la época en la que el bebop se imponía desde la rebeldía y desde un lenguaje atrevido, moderno y perturbador.

La esposa de Dizzy Gillespie dijo que su marido no podía olvidar el día que Charlie se acercó a él en el club Basin Street para suplicarle que se juntaran para tocar, que sentía que quedaba poco tiempo para poderlo hacer. Una semana después Charlie Parker moría. Con él desaparecía la figura más influyente de la historia del jazz. Solo puede compararse a Louis Armstrong.

Parker nació el año 1920 en Kansas City. Parece ser que era un niño normal, que asistía a clase con normalidad. A los trece años comenzó a tocar el saxo barítono aunque, poco después, tocaba el contralto. A los quince ya frecuentaba clubes en los que trabajaba muchas horas y cobraba una miseria. No se ha podido saber la razón por la que Parker comenzó a trabajar como músico. En su familia no había tradición musical y no hay nada que explique su dedicación.

En 1937 se incorporó a la orquesta de Jay McShann. Tenía 17 años. Parece ser que sentía especial predilección por la música de Lester Young y eso le hizo comenzar a trabajar en esta orquesta en la que todos pensaban que era un auténtico desastre de músico. Es muy posible que ninguno de los componentes de la banda entendiera lo que Parker comenzaba a decir con su saxo. La orquesta de McShann era una formación muy típica del riff y del blues de Kansas City. Parker procedía de ese mundo en el que el blues lo era todo.

En 1940 grabó su primer disco junto a McShann.

Ya era víctima de las drogas. Parker reconoció que la música y las sustancias estupefacientes llegaron al mismo tiempo. Ingresó en la cárcel por no querer pagar un coche de alquiler, viajaba de un lugar a otro y aparecía con aspecto desastroso, como si fuera un indigente, nadie podía controlar sus horarios. Trabajó lavando platos y cobrando una cantidad ridícula, vivió como pudo y donde pudo durante meses. En 1941, tras tocar en el Savoy Ballroom del Harlem neoyorkino y en Detroit, dejó la banda de McShann. No le gustaban las big bands, se aburría haciendo lo que para él era esa música tan estándar y rutinaria. Por otra parte, nadie parecía entender su lenguaje musical. Es famoso un capítulo en el que Parker probó suerte en la Count Basie Band. Jo Jones, el baterista de la banda, lanzó al suelo uno de los platillos para que Parker dejase de tocar. Este era un gesto de la época con el que se ridiculizaba al músico que no daba la talla. Parker estuvo semanas deambulando de forma desesperada. Por lo que se sabe, lloró durante días.

 

Charlie Parker.

Sin embargo, Parker tenía las ideas muy claras. Decía que podía ver lo que quería contar con su música, pero que no sabía cómo hacerlo con el instrumento en la mano. Y llegó el momento: improvisando sobre uno de los temas que Parker convirtió en mito, 'Cherokee', descubrió que podía utilizar como línea melódica los intervalos superiores de las armonías y, al mismo tiempo, insertaba por la parte baja melodías nuevas que se integrasen bien en el conjunto. Parker había descubierto eso que tanto deseaba. Aunque era muy difícil que alguien entendiese lo que estaba haciendo. Salvo el resto de músicos que empujaban el bebop hacia lugares de importancia. Uno de esos músicos era Dizzy Gillespie. Había tocado junto a Parker, seguramente por primera vez, aquella noche de 1941 en el Savoy Ballroom del Harlem.

Igual que le había sucedido a Parker, Dizzy Gillespie procedía de un mundo en el que las diferencias raciales eran tremendas. Nació en 1917 en Carolina del Sur. Y, a diferencia de Parker, la vida familiar de Gillespie fue ordenada y cómoda. Su padre era músico y le enseñó a tocar varios instrumentos. A los 14 años su instrumento preferido era el trombón aunque muy poco después comenzó a tocar la trompeta. Estudió armonía y teoría musical gracias al esfuerzo de su padre y a los quince años acabó sus estudios musicales.

En 1937 comenzó a tocar en la banda de Teddy Hill. Por tanto, la tradición a la que estaba más pegado era a la de Nueva Orleans. No hay que olvidar que la banda de Teddy Hill era la evolución de la King Oliver. Grabó su primer disco en 1937; el 'King Porter Stomp' del mítico Jelly Roll Morton. El verano de ese mismo año viajó a Europa con la banda de Hill y los músicos ya se quejaban de sus excentricidades. Pero en París dejó claro que una nueva forma de interpretar estaba llegando con fuerza. Más tarde tocaría, en Estados Unidos, como solista en distintas bands.

El año 1939 se incorporó a la orquesta de Cab Calloway. Pero su aventura acabó pronto puesto que a Calloway no le gustaba el carácter bromista de Gillespie. Cuentan que durante una actuación lanzó bolas de papel al director y que, tras finalizar, entre las recriminaciones en forma de bronca por parte de Calloway, Gillespie terminó hiriendo al líder con una navaja.

Dizzy Gillespie.

El trompetista contaba que su ídolo era Roy Eldridge y que trataba de imitarle sin conseguirlo. Y que esa persecución tuvo como resultado una forma de hacer música distinta a la que se bautizó como bop. Sin embargo, la evolución de Gillespie fue tomando forma en las big bands. Después del altercado con Calloway, tocó en las de Duke Ellington o Earl Hines, por ejemplo.

Parker y Gillespie se volvieron a encontrar en el Minton’s, un club del Harlem. Cada día, en el club tocaban Thelonious Monk, Charlie Christian, Joe Guy, Kenny Clarke y Nick Fenton. Allí fue donde el bop se convirtió en algo real. Parker llegó e impuso su autoridad musical al instante. Todos los músicos vieron en él un chispazo de genialidad inigualable. Esos músicos intentaban hacer cosas diferentes, mostrar su rebeldía y su protesta social a través de la música. Gillespie se unió al grupo y puso a funcionar su sagacidad musical. Todo aquello que andaban buscando este grupo de músicos apareció con claridad, con ímpetu.

A partir de entonces, Parker y Gillespie fueron inseparables. En 1944 formaron un combo que actuaba en la que sería la calle del bop, la Calle 52; y realizaron su primera grabación. Continúa en este enlace.

G. Ramírez

Nicola Alaimo (Michonnet), Ermonela Jaho (Adriana Lecouvreur). / Fotografía de Javier del Real

Arranca la Temporada de ópera 2024-2025 del Teatro Real y lo hace a lo grande. A partir del próximo 23 de septiembre, se representará la ópera de Francesco Cilea (Palmi, 1866 - Varazze, 1950) ‘Adriana Lecouvreur’, una obra que nunca antes se ha podido ver sobre las tablas del Teatro Real de Madrid.

Cilea estudió piano y composición desde 1881 hasta 1889 en el Conservatorio de Nápoles, en contra de su entorno y especialmente de su padre. Acabó sus estudios componiendo la ópera ‘Gina’. Más tarde, en 1984 obtuvo la cátedra de piano en el Conservatorio de Nápoles del que terminaría siendo director en 1916. En 1902, con ‘Adriana Lecouvreur’ obtuvo un gran éxito y logró que la obra perdurase en el repertorio.

En torno a Adriana Lecouvreur se han organizado un gran número de actividades en el Teatro Real, Real Teatro deRetiro, Casa Asia, Círculo de Bellas Artes, Institut Français, Museo delRomanticismo, Museo del Traje y Real Jardín Botánico.

Cilea se situó en los alrededores del verismo aunque el lirismo y la melancolía de su música se alejan del apasionamiento y lo extravagante de ese verismo. ‘Adriana Lecouvreur’ es más el remate del melodrama romántico italiano que Verdi llevó tan lejos revestido de la elegancia casi poética de la ópera francesa finisecular. La ópera de Cilea, pegada a su tiempo, contiene temas de repertorio, melodías de ritmo sencillo y temas principales que incluye en un sistema libre con el que dota a los personajes de perfiles musicales característicos.

‘Adriana Lecouvreur’ (ópera en cuatro actos) se estrenó en el Teatro Lírico de Milán (6 de noviembre de 1902); el libreto está firmado por Arturo Colautti y se soporta sobre el drama homónimo de Eugène Scribe y Ernest Legouvé. La trama se desarrolla en París durante el mes de marzo de 1730, en el París de la Ilustración. El personaje principal es Adrienne Lecouvreur, una de las actrices más famosas de la época que fue miembro de la Comédie-Française, amante del conde Moritz de Sajonia. La ruptura amorosa que se produjo y la posterior muerte de la actriz a los 38 años de edad dio paso a especulaciones que son las que se reflejan en el libreto de la obra.

Vista general del escenario. / Fotografía de Javier del Real

El director de producción del Real, Justin Way –que fue asistente de David McVicar durante la creación del montaje de 'Adriana Lecouvreur' en el Covent Garden, en su estreno- dirige las reposiciones de la producción que se presenta en el Teatro Real. McVicar se muestra respetuoso al máximo con el libreto original y con la época en la que se desarrolla la acción, intenta homenajear con honestidad una forma de hacer teatro que forma parte del ADN de cualquier obra representada desde ese momento. La escenografía de Charles Edwards y el vestuario de Brigitte Reiffenstuel se arriman a esa misma idea y son el anticipio exacto de lo que va a suceder en el escenario.

Se ofrecerán 13 funciones de la ópera, entre el 23 de septiembre y el 11 de octubre, precedidas de una Gala Joven para menores de 36 años, el 20 de septiembre.

En el papel de Adriana Lecouvreur se alternarán las sopranos Ermonela Jaho y Maria Agresta. Estarán acompañadas por Elīna Garanča (princesa de Bouillon), Brian Jagde (Maurizio) y Nicola Alaimo (Michonnet), en el primer reparto; y Ksenia Dudnikova, Matthew Polenzani y Manel Esteve, en el segundo. No faltará a su cita el Coro Titular del Teatro Real, con dirección de José Luis Basso, y la Orquesta Titular del Teatro Real, dirigida por Nicola Luisotti, principal director invitado del Teatro Real de Madrid.

G. Ramírez

¿Quién quiere casarse con mi hijo? Ya ha batido algunos récords del mundo en sólo dos programas.

El número de anuncios que se tiene que tragar el espectador para terminar de ver el programa es asombroso. La sensación es que entre anuncios se ven un par de secuencias del programa. Van a conseguir que la audiencia se reduzca porque se hace insoportable. Además, aunque parezca mentira, la gente trabaja y dormir un par de horas menos por ver el dichoso programa se hace cuesta arriba. Récord del mundo, fijo.

Pero el que parecía imposible de alcanzar era el que ha batido una tal Sofía (la de Las Grecas). No se puede utilizar peor el lenguaje para parecer culta siendo un tarugo. Suelta prendas que parecen imposibles y que el mejor de los guionistas de un programa de humor no sería capaz de inventar. Por ejemplo, dice que ella es ‘talasofobica hasta el infinito’ y que ama el mar y la talasofobia es justo lo contrario, es el miedo persistente e intenso a las masas de agua profundas, como el mar. Eso sí, se queda tan pichi. Y lo peor es que el pretendido mira a la mujer pensando (lo dice de forma expresa) que es lista y culta y preparada y digna de alabanza por sus conocimientos cuando, en realidad, esta pobre ha recibido un par de cursos de ayuda personal baratos y los intenta rentabilizar repitiendo lo que ella entendió. Sobre esto sólo queda decir que ‘la intención subterfuge’ como ella misma dice. Sí, lo dice y no se inmuta. Más majadería es imposible. Pobre lenguaje.

Por lo demás, no veremos más a la chica que amenazaba con cantar canciones de Camela sin parar, a la que comía hielo como si no hubiese un mañana (lo está dejando según confeso a la que pudo ser su suegra), a una rubia que creía que era imposible que alguien no quisiera estar a su lado, a un tipo grandote con cara de no haber aprobado la ESO y a otra que ya ni recuerdo cómo era o qué decía. Hemos visto el primer beso: se lo ha plantado un tipo con la boca horrorosa a una chica rubia que quiere hacerse un hueco en Sotogrande. 

La segunda entrega de QQCCMH ha sido tan divertido como extenso gracias a la publicidad, ha sido tan disparatado como ridículo. Este programa es la clara muestra de la decadencia de la sociedad actual. Pero hace mucha gracia, las cosas como son.

NIrek Sabal

Vanessa y Javier pasan sus peores momentos en GH.

Esta edición de GH que estamos disfrutando ya ha alcanzado velocidad de crucero. Hagan lo que hagan y digan lo que digan los concursantes, los fans del formato no se pierden ninguna de las galas o los debates. Y no es que sea la mejor de las ediciones. Al contrario, está resultando bastante floja. Todos quieren ligar para sobrevivir a las expulsiones, todos quieren parecer la mar de listos (siempre queremos peras del olmo), todos esperan salir de la casa y poder vivir del cuento lo que les queda de vida.

Vanessa, la cantante gallega, ha querido participar en GH para dejar a su marido a lo grande. No hay que ser muy listo para deducir esto por lo que hace cada día. El primer día ya decía que tenía dudas, hoy ya se arranca en el confesionario para decir que no quiere nada con Javier, ni dentro ni fuera de la casa. Javier, el rey del conjunto hortera, no da crédito y no termina de creerse lo que está pasando. Follón patético y tenebroso.

Unos quieren participar para enamorarse y otros para abandonar a su pareja.

Esta misma Vanessa fue la cabecilla del primer movimiento contra Maite, una jugada que le costó la expulsión de la casa principal y encontrarse con su marido de sopetón, que le costó que todos sus planes se hicieran añicos en un instante. La tal Daniela, una chica que es capaz de cambiar el acento dependiendo de la habitación en la que se encuentre, fue la otra víctima. Ellas creen que ya no corren peligro y, sin embargo, están en la lista de expulsadas en potencia.

Vanessa está demostrando la misma inteligencia emocional que Adara Molinero. En realidad, Adara Molinero demuestra la misma inteligencia a secas (ni emocional ni nada). Es decir, Vanessa se ha puesto el mundo por montera y pasa de su pareja sin remilgos y Adara sigue demostrando ser un zopenco de mujer. Tan guapa como corta. El ridículo que hizo en el último debate esta chica afeando a Frank Blanco una conducta que había sido impecable es la muestra más evidente de la falta de ideas de esta mujer, de su falta de inteligencia y de elegancia. A ver si alguien decide que el tiempo de esta chica ya ha pasado.

Respecto a las próximas expulsiones solo se puede decir que, salvo que cambien mucho las cosas, Juan será el que salga por la puertecita que lleva a la casa oculta. Es el mismo que dice que alguno de los porcentajes de voto más bajos le corresponde a él sin duda alguna. Otro que no sabe leer el programa desde que entró.

Conversaciones estúpidas y superficiales las encontramos a espuertas, pero me quedo con esta por ser, además, asquerosa:

-Maica: ‘Violeta me ha dicho, claramente, que aquí no va a hacer nada’.

-Ruvens: ‘Pues que se guarde un poco porque si lo da todo de primeras uno se termina por ir calentando, calentando, y llega un momento que no puede decir que no’.

Este Ruvens acaba de hacer miles de amigos.

Conversaciones profundas e inteligentes, lo que se dice inteligentes, las podríamos escribir en el papel que utilizan los estudiantes para hacer una chuleta que irá escondida en el bolígrafo Bic. Cuando se produzcan, claro. Lo más inteligente que hemos logrado escuchar ha sido '¿Qué preferís para comer: macarrones o garbanzos?'.

Esto es un tostón ¿no? Hasta las broncas son descafeinadas.

Nirek Sabal

¿Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo? es uno de los programas más divertidos de la historia de la televisión; y no lo es por su contenido (el espectáculo es tan lamentable que quita el hipo) sino por el montaje y el diseño de sonido con el que se presentan cada uno de los capítulos. La mala leche de los montadores es infinito y son capaces de convertir momentos que generan enorme vergüenza ajena en instantes inolvidables, hilarantes y despampanantes.

Presenta el programa una soberbia Luján Argüelles que no duda en reaccionar con un lenguaje corporal maravilloso ante cualquier aparición de hombres y mujeres que deben estar muy desesperadas para dar un espectáculo tan bochornoso.

La cosa va de elegir candidatas a ser la novia ideal del hijo de cada madre que aparece en pantalla. Aún no sé si los protagonistas son los hijos o esas madres que no pueden contenerse en las formas, en la exageración, en la estupidez, en lo ñoño o en lo ridículo. Una serie de hombres (uno de los hijos solteros es gay) y una serie de mujeres acuden a la llamada de la fama y se presentan con sus mejores galas para ser elegidos programa tras programa intentando llegar al altar.

Tenemos de todo y nada es normal. Es todo un disparate extravagante a más no poder.

Aparece una candidata y dice (así, sin pensarlo dos veces, sin filtro alguno) que ella se identifica con ‘la Marilyn Monroe del sigo XXI y la ‘MariLis Cirus’ (sí, esa) porque Marilyn es un ‘cono’ del feminismo y de los cánones de belleza y ‘la otra’ (desiste de intentar decir el nombre ya que no hay manera) porque es una revolucionaria exitosa’. Y para rematar demuestra al hombre de su vida que es capaz de estar sin respirar un buen rato. No se puede ser más ridícula.

Imagen de @Fifo95

Aparece, una mujer con una bolsa de papel en la cabeza, que se dedica al mundo de la moda y de la belleza, porque quiere que se le conozca por lo que es como persona y no por un físico. Además, su físico da mucha envidia. Eso sí, en la bolsa se ven pintados unos bonitos ojos con grandes pestañas.

Entra una mujer rubia en la habitación de las citas, bailando sin decir ni pío y dando volteretas laterales. Lamentable.

Una de Las Grecas se hace presente. No es broma, de verdad que esto no es un simulacro. ‘Soy Sofía Lozano. Soy una mujer ‘emponderada’. […] Para mí la belleza no sólo está entre las piernas sino que está entre las sienes’. ¿Cómo te quedas?

No faltó la que se identificó con el sauce llorón. Otra ya era conocida por aparecer en la televisión afirmando que estaba poseída (esperemos que fuera antes de grabar estos programas).

Conocimos a Marcelo que repite en la tele. Ya ha pasado por First Dates para decir que en las cofradías andaluzas todo el mundo es gay. Es católico y de derechas.

Vimos a un mamarracho vestido con un traje típico de Castilla La Mancha y pinta de lelo.

Me quedo con un momento muy espectacular (espero que sea una broma del montador y solo eso). Pregunta la pretendiente de turno: ¿Qué piensas que hay después de la muerte? El hijo (del que está tan orgullosa su madre) contesta: Reguetón​.

Tremendo todos estos que miran el escaparate lleno de mujeres y hombres dispuestos a hacer el ridículo por un minuto de televisión.

Y, me apunto la frase del año: ‘Tengo una teoría mía, compartimos el 99 por ciento de los genes con los monos. ¿Sabes la diferencia? Que podemos invertir; dice un tal Erik que se dedica a vender pisos y a invertir, claro. Un ideólogo sin posible parangón.

Vaya panorama.

Nirek Sabal

Ella Fitzgerald

Nació en 1918. Aunque su forma de interpretar procede de la Era del Swing, Fitzgerald es una de las cantantes más completas de la historia y su trayectoria es impecable, ya que siempre supo adaptarse a los tiempos. Es extraño encontrar una artista que abarque tanta música, tanto jazz. Fue descubierta en un concurso para nuevos talentos en el Apollo de Harlem. Su éxito más rotundo fue el tema 'A-Tisket, A-Tisket' que interpretaba cuando formaba parte de la banda de Chick Webb (más tarde, después de morir Webb, acabaría haciéndose con las riendas del grupo). Eso ocurría en la Era del Swing. La improvisación le unió durante un tiempo al bop. Más adelante, fue capaz de cantar los temas compuestos por Porter, Gershwin o Kern. La balada de Fitzgerald es imponente. Hasta el final de su vida, logró mantener un nivel envidiable.

Sarah Vaughan

Nació en Nueva Jersey en 1924. Es, sin duda, la cantante de jazz con un registro más versátil y más poderoso, la cantante de jazz que mejor controló el vibrato de todas las que se han subido a un escenario. Su voz de contralto aportó una tonalidad al jazz que nadie había conseguido y que, hoy, no puede superarse. El fraseo, la respiración de Sarah Vaughan, ha sido envidiado por las cantantes de jazz desde su aparición. Sarah Vaughan incorporó líneas del bop en su forma de cantar, practicó el scat con soltura e improvisó con una agilidad melódica única y genuina. Murió el año 1990 en Los Ángeles.

G. Ramírez

Ayo Edeberi, Jeremy Allen White y Abby Elliott en una escena de 'The Bear'

‘The Bear’ es una serie formidable que pudiera parecer que habla de las cocinas y sus alrededores aunque no es cierto. ‘The Bear’ utiliza los fogones de los restaurantes como vehículo para hablar de algo mucho más importante, ‘The Bear’ habla de la posibilidad de lo extraordinario gracias a la pequeñez de cada ser humano. Los secretos, las carencias, los fantasmas, los miedos o ese amor inconfesable que se arrastra desde años atrás, toman protagonismo y llegan al límite.

Los personajes de esta seria son tan, tan, humanos que llegan a dar miedo; tan, tan, humanos que despiertan nuestros instintos más delicados, más tremendos o más violentos. Y el arco dramático de esos personajes va creciendo secuencia a secuencia, capítulo a capítulo, temporada a temporada.

Jeremy Allen White (ya le conocíamos de anteriores trabajos como, por ejemplo, en ‘Shameless’, ¿recuerdan a ‘Lip’?) encarna al personaje principal de la serie –‘Carmy´ Berzatto- y, ahora, es famoso en el mundo entero gracias a ‘The Bear’ y a sus amores compartidos con nuestra Rosalía. Defiende el papel con uñas y dientes y acompaña muy bien el crecimiento que le aporta el libreto. Contenido, perfecto en el lenguaje corporal, soportando los primeros planos largos sin inmutarse.

Acompaña a Jeremy Allen White la actriz Ayo Edebiri. Expresiva, cargando con la zona más irónica en los diálogos, encarnado a Sídney, el personaje que más va creciendo desde el primer capítulo. Todo un descubrimiento.

La experiencia de Oliver Platt resulta ser un cheque en blanco. La belleza serena de Molly Gordon (en la serie interpreta el papel que sirve de contrapeso al de ‘Carmy’, Claire) o la frescura de Abby Elliott, van configurando un mapa en el que el universo de ‘The Bear’ destila ternura, tensión, amor, violencia, problemas o relaciones familiares explosivas, a partes iguales.

Tengo que señalar el trabajo de Matty Matheson, chef canadiense y actor que asesora en la serie a todos sobre lo que es una receta, un restaurante y la pasión por la cocina. Su papel inunda de lealtad, sensibilidad, valores, amistad inquebrantable y un amor por todo lo que le rodea, que convierte la serie en su conjunto en algo monumental. En la tercera temporada, su personaje aparece junto al hermano y protagonizan momentos que van de lo emotivo a lo hilarante y llenan la pantalla de lo mejor que el cine puede aportar.

Los personajes de ‘The Bear’ son gente corriente, con sus miserias a cuestas, con sus bondades y sus secretos. Uno a uno no podrían dejar que su brillo se notase en el mundo que habitan; pero la suma de todos ellos les convierte en un grupo luminoso, divertido, empático, mágico.

La última temporada (la tercera) que se emite en Disney en un monumento al gran cine (sí, al gran cine que es lo que se hace para la televisión desde hace años). Cada capítulo sirve para que los personajes estallen en mil pedazos dejando su rastro en todo lo que les rodea incluidos los espectadores que asisten emocionados a descubrimientos, por lo menos, interesantes. El capítulo en el que se cuenta el tiempo inmediatamente anterior al parto de Natalie junto a su madre Donna (maravillosa Jamie Lee Curtis), o cómo la chef Tina (Liza Colón-Zayas que emociona con esa mirada vidriosa y miedosa) consigue su empleo en el restaurante familiar de los Berzatto, son un espectáculo único que sólo pueden salir de la cabeza de creadores como Christopher Storer.

¿Es necesario ver esta serie? Lo es si se quiere saber por dónde van los tiros en la televisión actual. ¿Merece la pena? Es lo mejor que se puede hacer delante de una pantalla. No se arrepentirá nadie. Garantizado.

Nirek Sabal

 

Charlie Parker.

El jazz representó el cambio durante la primera mitad del siglo XX como referente musical. Su popularidad y su carga simbólica lo hacían inevitable. En los 40, un grupo de músicos abordaron un cambio que resultó fundamental. Nacía el ‘bebop’.

Desde sus comienzos, el jazz fue moderno. Cada paso que daba resultaba ser una revolución musical; cada paso que daba representaba la introducción de técnicas novedosas en la interpretación, modificación de melodías; cada paso significaba mayor compromiso con la búsqueda de la igualdad racial, con la búsqueda de un sonido libre y lleno de frescor. Aunque lo más asombroso de la historia del jazz es la rapidez y la contundencia con la que la música popular se convirtió en culta.

Por todo esto, el cambio que se produjo en el mundo del jazz con la introducción del ‘bebop’ no resulta del todo inesperado ni sorprendente. Es verdad que el nuevo movimiento musical apareció sin que el gran público supiera qué era aquello. Solo los que asistían a las ‘jam sessions’ inevitables de cada noche, solo los que se ubicaron en las afueras del circuito tradicional de esta música estaban enterados del cambio que llegaba para arrasar poco después.

El jazz moderno tiene su origen en las orillas del propio jazz. Es el primer y gran movimiento ‘underground’ de la historia de la música.

El ‘bebop’ surgió contrapuesto (ese era su sentido) al populismo que se había implantado durante la ‘Era del Swing’. Lo que representaba el jazz resultaba incomprensible e insoportable para muchos músicos que veían cómo la esencia se escapaba con rapidez. Sin embargo, nadie quería hacer desaparecer nada. Esa esencia resultaba sagrada para los ‘beboppers’. Pero la experimentación con el lenguaje musical y los modos interpretativos buscando nuevas formas de expresión o la protesta se dibujaban en los pentagramas más modernos.

Lo fundamental siguió en su sitio. Aunque la forma de tocar cambió de forma radical. La improvisación se convirtió en algo mucho más complejo, rebosaba un sentido que se volcaba con rapidez endiablada desde los instrumentos. El nuevo fraseo hizo que se instalara, definitivamente, el 4/4 que aportaba una dinámica mucho más fresca. Y ese fraseo se hizo con un espacio distinto para dibujar una especie de frágil equilibrio en el sonido desde el que los solos tenían una puerta de entrada que daba a la zona expositiva más fundamental.

Con ello, la técnica de cada músico creció en importancia. Era tal la rapidez del fraseo y tal el grado de sofisticación en la interpretación, que el dominio del instrumento se imponía ante cualquier otra cosa. Ahora bien, los ‘boppers’ no dieron la espalda jamás al tempo propio de las baladas. Solos eternos, melancólicos, profundos, que duplicaban su extensión en busca de una fidelidad inquebrantable con la velocidad.

Al contrario de lo que pudiera parecer, todo esto no era nada nuevo. Si, por ejemplo, prestamos atención a la música de Duke Ellington, por debajo del sonido de su orquesta, el maestro construía las líneas melódicas desde una marcada disonancia. Pero el oyente se quedaba con ese sonido propio de las ‘big bands’ de la época. Esta es la razón por las que muchos pensaron que el ‘bebop’ nació de la nada sin ser verdad. Lo que sí representaba un cambio era que los instrumentistas, todos ellos, querían hacer esa música.

Es importante decir que el coqueteo del ‘bebop’ con la música clásica fue decisivo en su arranque. Los grandes representantes de este movimiento conocían bien las obras fundamentales de los grandes compositores antiguos y contemporáneos. Nada nuevo, tampoco.

Los primeros ‘beboppers’ respetaron la base melódica de los ‘standards del jazz’. Pero atacaban la esencia de la pieza desde lugares insospechados hasta ese momento. Alteraban notas en todos los compases. Por otro lado, las formas compositivas les interesaban bastante poco. La búsqueda del contenido estaba muy por encima de cualquier otra cosa. No importaba qué tocar; lo fundamental era cómo hacerlo. Las melodías eran una especie de vehículo que llevaba al músico hasta la estación solo. Allí era donde estaba lo importante. Tanto es así que muchas de las grabaciones de las ‘jam sessions’ de la época (en gran cantidad realizadas por técnicos de sonido o aficionados) comenzaban cuando llegaba el solo. El resto, de alguna forma, era prescindible.

Todo era producto del cambio que se había ido gestando, sobre todo, en Kansas City. La música renunciaba a la articulación predominante en la partitura tradicional y buscaba un estilo más asentado en un puntillismo incisivo y rotundo. Count Basie, Jo Jones o Walter Page ya habían señalado el camino.

Es muy importante destacar que fueron músicos desconocidos, integrantes de las bandas dirigidas por astros del jazz, los que construyeron el nuevo escenario. Competían con su música, buscaban el camino más complicado para interpretar. Estos músicos eran los que se situaban en la periferia musical de la periferia musical; eran un grupo al margen de un grupo. Eso sí, los ‘beboppers’ ya exigían ser reconocidos como lo que eran, protestaban por las diferencias que se producían en el ámbito musical, reclamaban sus derechos.

Sobre todo lo hacían haciendo música, escapando de lo convencional. Durante los años 40, fueron criticados por su postura ante el resto de la sociedad, tanto como aclamados por su talento. Terminaron encontrando su sitio. Un sitio importante que marcaría para siempre la evolución del jazz.

G. Ramírez

Lester Young.

Bill Russo, músico de jazz y arreglista, utilizaba el término 'atenorizado' para referirse a la música jazz influenciada por el sonido del saxo tenor. Esta marca perduró hasta finales de los años 60. Y el músico culpable de que esto ocurriera fue Lester Young.

Lester 'President' Young marcó el jazz de los años 50 cuando tocaba en la banda de Count Basie. Y eso era en la década de los 30. Tras la irrupción del bebop la influencia de Lester Young resistía y se imponía, de nuevo, en los 50. Algo extraño y muy difícil de conseguir. Si tuviéramos que elegir el momento en el que este músico comenzó a ser importante tendríamos que marcar en el calendario el año 1934, momento en el que sustituyó a otro saxofonista en la orquesta de Fletcher Henderson, llamado Coleman Hawkins.

Hawkins era muy expresivo en su música. Para ello acumulaba un gran número de notas para contar lo que quería. El sonido de su saxo era directo, agresivo si la pieza era rápida; sensual y dulce cuando interpretaba una lenta. Siempre lograba embriagar al público. Young era más cuidadoso a la hora de expresar, se mantenía colocado detrás de esa línea imaginaria que divide el territorio en lo que es zona de amabilidad, tranquilidad y suavidad. Era tan introvertido como Hawkins extrovertido.

Pero sería injusto decir que Hawkins pertenece a la tradición y solo a ella. Del mismo modo que Young vivió la tradición en las calles de Nueva Orleáns, Hawkins fue de los primeros en atreverse a tocar con los jóvenes músicos que daban un paso abanderando el bop. Ambos se encuentran en el centro del jazz y eso significa que participan de lo moderno y de lo tradicional.

Coleman Hawkins encontró un hueco de importancia al saxo tenor dentro de la música jazz. Hasta que él mismo no fue importante su instrumento tampoco lo fue. En 1923, se incorporó a la banda de Henderson. Es posible que fuera el primer solista de la 'Era del Swing'. Y fue uno de los músicos que llegaron pronto a Europa para grabar discos. Alguno de ellos con Django Reinhardt en el año 1935. Hawkins siempre estaba presente en el lugar en el que ocurriesen cosas importantes. Por ejemplo, en 1934, siendo miembro de la banda de Fletcher Henderson, grabó 'Talk of the Town', tal vez la primera balada dentro del jazz, y marcó el camino para recorrer en el futuro. Pero fue en 1939, al grabar 'Body and Soul', cuando el éxito llegó de forma sólida. Al propio Hawkins le pareció sorprendente que el mundo entero se rindiese a sus pies. Decía que no entendía nada de lo que pasaba puesto que él siempre tocaba ese tipo de cosas.

Coleman Hawkins.

Los aficionados al jazz, al pensar en este músico, no pueden evitar escuchar en su cabeza la improvisación que grabó en 1947: 'Picasso'. Cinco minutos sin acompañamiento, música cercana a Bach, sobre la base armónica de 'Body and Soul'.

Hawkins fue el rey del fraseo. Sus frases son, en sí mismas, base suficiente para improvisar. Y sus solos, un conjunto de frases ligadas con agilidad endiablada.

Enfrente de Hawkins encontramos a Lester Young. Enfrente porque, a pesar de ser un referente imprescindible en el jazz, es casi lo contrario a Hawkins. Enfrente porque el universo de Young era un acertijo constante y su música un reflejo de las aristas y de las sombras de una personalidad única.

La sensibilidad de Lester Young la provocaba una percepción intensa de la realidad. Una realidad que formaba un todo y en la que cualquier daño causado era un dolor común.

El lenguaje musical del saxofonista era claro y contundente. Casi se puede entender lo que dice con la música. Presumía de escuchar canciones todo el día y fijarse en las letras para repetir lo mismo con el instrumento. Y el resultado se puede apreciar, con total claridad, en los solos que logró acompañando a Billie Holiday ('Without Your Love' es el mejor de los ejemplos).

En el ejército, Lester Young perdió todo lo que un artista necesita para serlo. Libertad, personalidad, autenticidad. Nada que no le pase a cualquiera, pero Young era un artista con gran lirismo y sensibilidad. Se lo arrancaron y la vida de Young se convirtió en un pequeño desastre emocional constante. Y, por si era poco, todo el mundo le intentaba imitar. A un sujeto tan individualista eso le inquietaba hasta desestabilizarle.

Después de firmar con Granz (Verve) nada fue igual. Aunque el público le adoraba y aplaudía su música como si no hubiera otra (lo peor que podía tocar Young era una joya aunque las había conseguido de muchos más quilates y, además, conservaba intacta su sonoridad; igual que ocurrió con Hawkins) el alcohol y las drogas fueron haciendo su trabajo. Murió en 1959 en el Hotel Alvin de Nueva York.

Howkins y Young siempre estuvieron presentes en la música jazz. Desde los años 30 en los que aparecieron con fuerza no han faltado. Llegado el bop, Young parece desaparecer para que Charlie Parker suene y todos suenen igual que él, pero su estilo vuelve a impregnarlo todo en los años 50 hasta aparecer el hard bop en la que Parker resurge. Entonces es el estilo de Hawkins el que toma protagonismo en la música de Sonny Rollins y los músicos de su escuela. Siempre estuvieron y siempre estarán.

G. Ramírez

Georges Seurat, Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte. Óleo sobre tela, 1884

Louis Armstrong dijo algunas cosas más que interesantes sobre esa música que conocemos con el nombre de jazz. La que a mí más me gusta es esta: ‘If you have to ask what jazz is, you will never know’ (Si tienes que preguntar qué es el jazz, nunca lo sabrás). ¿Por qué es esta mi preferida? Pues porque resume perfectamente en qué consiste la contemplación de una obra de arte, cual es la inutilidad de la explicación. Sirve la frase para la música o para cualquier manifestación artística.

Del mismo modo que un blues o una pieza interpretada por Bill Evans hay que sentirlas mientras se escuchan, hay que dejar que se expliquen a sí mismas; un cuadro, por ejemplo, no puede mirarse como si fuera el escaparate de la esquina puesto que una obra pictórica solo puede entenderse y sentirse si el observador es capaz de introducirse en el lienzo, en lo que representa. Porque cualquier obra de arte solo puede ser contemplada desde dentro, desde el lugar que ocupó el artista. Tratando de sentir lo que él o ella sintieron, tratando de ver lo que él o ella vieron, tratando de ocupar su lugar. Esto es algo que no terminan de comprender millones de snobs que quieren parecer expertos al repetir frases hechas y redondas aunque sean incapaces de entender nada de lo que dicen, sujetos que incluso llegan a gastar verdaderas fortunas sin saber si compran algo importante, un capricho o una castaña pilonga.

Si logramos acompañar al artista en el momento de crear, imaginar sus motivaciones o sentir el fuego inaguantable que le obligaron a hacer una cosa en lugar de otra, seremos capaces de disfrutar de cualquier obra de arte. Hay que dejarse llevar. Y cuidado con las explicaciones. Por ejemplo, un poema explicado es un poema distinto al que el poeta escribió, un poema muerto. La poesía debe sentirse. Ni siquiera es obligatorio entenderla.

En fin, disfruten y huyan del postureo empalagoso.

G. Ramírez

Ailyn Pérez (Cio-Cio-San). / Javier del Real

El verano ya se instaló, hace algunos días, en Madrid. El sol parece querer quedar tatuado en el asfalto, cada esquina se ha convertido en una trampa de calor que, si bien no han sido especialmente tremendas hasta ahora, prometen ser contundentes con el que se atreva a salir a pasear antes del atardecer. El calor de Madrid lo envuelve todo y se cierra sobre sí mismo atrapando a millones de personas que cambian los hábitos para poder disfrutar de la ciudad.

Salgo del Teatro Real de Madrid, de disfrutar mucho de la representación de ‘Madama Butterfly’ de Giacomo Puccini; y pienso que conviene tomar distancia respecto a lo que queremos analizar. Mirar, analizar, diagnosticar y tomar decisiones o adoptar una postura determinada. Esa sería la secuencia, más o menos. Pero esa distancia no puede tomarse en una sola dirección; es necesario trazar un círculo imaginario alrededor de lo analizado y poder colocarnos en cualquier punto de esa circunferencia. De cualquier otro modo, nos vamos convirtiendo en ‘hooligans’ que terminan haciendo de la ceguera su arma absurda.

La representación de hoy (todas las que están programadas) se la dedicaban a Victoria de los Ángeles al celebrarse los cien años de su nacimiento. Un ambiente extraordinario para recibir al segundo reparto en el que intervienen Ailyn Pérez (Cio-Cio-San); Nino Surguladze (Suzuki), Charles Castronovo (B. F. Pinkerton) y Gerardo Bullón (Sharpless) entre otros. En la dirección musical, Nicola Luisotti. En el foso la Orquesta Titular del Teatro Real y sobre el escenario el Coro Titular.

Luisotti comenzaba igual de bien que acababa, arrancando lo mejor de los músicos, buscando esos matices que Puccini trabajaba tan bien para que sus personajes fueran dibujándose con trazo fino, arropando a los cantantes y respetando la evolución de la obra. Luisotti estuvo muy, muy, bien y así se lo reconoció el público al final de la representación.

Ailyn Pérez tiene una voz bonita aunque no embelesa ni emociona con facilidad. Se pierde un poco en las zonas más graves y estrecha la voz en exceso en los agudos. Estuvo correcta sin cometer errores de bulto. El problema es más de fondo que de forma, el problema es que no termina de arropar la platea con su voz. La voz de la cantante se instala en un territorio común en el que comparte características con un buen número de cantantes que, si bien tienen un timbre agradable y técnicamente se defienden, no enamoran. Nino Surguladze, bien. Castronovo, correcto; y Bullón muy bien y desarrollando un arco dramático que arma desde la naturalidad. Bullón gustó mucho y demostró que su preparación técnica es robusta y eficaz. Este cantante sí transmite esas sensaciones que podemos esperar de un personaje creado por Puccini. El segundo reparto de la producción no desmerece y logra cerrar un trabajo más que interesante.

Foto: Javier del Real

Puccini dibujó un universo en ‘Madama Butterfly’ que representa un país (Japón) muy distinto al actual aunque, en ambos casos, nos encontramos ante un lugar remoto en el que las costumbres son muy distintas a las occidentales; antes y en el presente. La cultura oriental poco tiene que ver con la occidental y es preciso no instalarse en los tópicos para poder pensar bien eso que nos queda tan lejos. Efectivamente, una geisha no puede confundirse con una prostituta europea que ejerce su profesión en cualquier club de alterne. Una geisha es lo que es y no está nada claro que se las pueda comparar con una meretriz. Efectivamente, los quince años de una mujer a principio del siglo XX pesaban mucho más que ahora y, con esa edad, algunas mujeres estaban casi obligadas a ser adultas. Pero los quince años de una mujer son, exactamente, quince años. Efectivamente, la producción (del Teatro Regio Torino) que se representa en el Teatro Real de Madrid de la ópera de Puccini convierte a Cio-Cio-San en una prostituta, el matrimonio de conveniencia entre ella y Pinkerton se tiñe de pederastia y el escenario se convierte en algo alejado de la belleza y la sensibilidad. Pero ¿alguna vez lo que cuenta Puccini fue bello; Pinkerton no es un ser despreciable desde el momento de nacer? Un espectador que tenía a mi derecha se quejaba amargamente porque el hijo de Cio-Cio-San tiene tres años en la ópera de Puccini y sobre el escenario aparece un chaval de siete u ocho. Pero no se fija en que la cantante que encarna el personaje de Cio-Cio-San no tiene quince años, ni mucho menos. Ailyn Pérez, la soprano, es bastante mayor. Si queremos ver un problema en estas cosas podemos hacerlo aunque la postura es, al menos, estéril. Por otra parte, ‘el Pinkerton’ que el director de escena, Damiano Michieletto, pone a funcionar en escena es un golfo sin escrúpulos que no se piensa dos veces lo que puede suponer destrozar la vida a la geisha; es muy parecido, guste poco o nada a algunos, al que crearon Giacosa y Illica en el libreto original. Pero este de Michieletto tiene una pinta mucho más desagradable, no tiene ni un rasgo romántico. En fin, la puesta en escena del italiano es bastante más cercana de lo que pueda parecer a la ópera de Puccini y se justifica de principio a fin. Se ha discutido (sobre todo, el día del estreno) aunque Puccini se adelantó mucho a su tiempo y sabía que estaba contando una historia de amor falsa y corrosiva. El universo de Puccini puede convertirse en un barrio periférico de alguna ciudad de Japón (de Oriente en general) en el que las prostitutas campan a sus anchas, en el que la pederastia se consiente si el pago es en efectivo y abundante; en el que se trafica con personas, al fin y al cabo; y en el que hombres sin escrúpulos pueden arruinar la dignidad de las mujeres sin que existan consecuencias para ellos. El universo de Puccini se convierte en algo que no gusta nada de nada. Y, aunque no sean pocos los que prefieren pensar que las cosas pueden ser siempre amables y de colorines, tampoco faltan los que creen que la realidad no se puede sepultar bajo una montaña de algodón de azúcar.

Charles Castronovo (B. F. Pinkerton). / Javier del Real

La lectura que hace Michieletto es audaz y acertada y no impide, en ningún caso, el desarrollo del personaje. Lo que sucede es que en ese desarrollo pesan más algunos rasgos que en otras producciones pasan desapercibidas. Es una cuestión de importancia de cada arista, de los matices. Sólo eso. Ni se desfigura a los personajes ni nada parecido. No hace falta decir que la partitura queda intacta. Y, por supuesto, se respeta que guste más o menos ver a la protagonista vestida con tejanos y un jersey hortera.

Sea como sea, la importancia de la obra radica en la partitura, en las voces, en la batuta del director musical que arranca lo mejor (o no) de la orquesta… Hablamos demasiado de la puesta en escena y eso no es lo más importante. Ni siquiera creo yo que Michieletto buscara tanto protagonismo al plantear su trabajo.

Y dicho todo esto, vuelta a esa ciudad que se va a colocarse junto al refranero. Ya saben lo que dice: En Madrid se viven nueve meses de invierno y tres de infierno. Aunque con Puccini resonando todo se lleva mejor. Y no cuentan las puesta en escena.

G. Ramírez

El año 1959, en el mítico estudio de la calle 30 Este (una vieja iglesia en desuso), Miles Davis, John Coltrane, Julian 'Cannonball' Adderley, Bill Evans, Paul Chambers, Jimmy Cobb y Wynton Kelly (sustituyendo a Evans en un tema) grabaron el que ha sido, para muchos, el mejor disco de jazz de toda la historia: 'Kind of Blue'.

Seguramente no sea este el mejor disco de la historia aunque sí el que incluye el tema más versionado; seguramente no sea el mejor, pero sí el que mejor recuerdan los aficionados y con el que más personas han descubierto el jazz antes de rendirse ante este tipo de música.

El camino

'Kind of Blue' es algo así como 'El Quijote' en literatura. Si Cervantes construyó la voz narrativa más moderna de todos los tiempos (sigue siéndolo), este sexteto dirigido por Miles Davis, construyó lo que resultó ser el icono de la modernidad musical. Y no solo de la música jazz. 'Kind of Blue' ha influido en cientos de músicos y bandas desde que se grabó.

Las características del álbum son sorprendentes para el que no conoce el disco. Podríamos hablar de complejidades técnicas extraordinarias, de impactos violentos en el oído del que escucha, de una enorme revolución en las formas y en el fondo. Sin embargo, no se puede decir nada de eso o, al menos, habría que matizar cada aspecto. Porque 'Kind of Blue' es sencillez en la forma y complejidad en el fondo; es evocador desde una sutileza deliciosa; en hondo hasta límites inesperados aunque accesibles para cualquier aficionado; es la vivienda deseada por cualquier amante del jazz.

Tanto es así que es uno de los discos más vendidos de la historia y mantiene un nivel de presencia muy estable desde 1959 hasta hoy. Eso no puede ser casualidad.

Antes de lo que hizo Davis con su quinteto, solo encontramos tres casos similares: los Hot Fives de Armstrong, el Quinteto del Hot Club de Francia de Django Reinhardt y los quintetos de Parker. Y pocas veces fue tan escuchado un disco o utilizado por otros artistas como fuente de inspiración.

Se mezclaban en este quinteto dos formas distintas de entender la música. Si Davis y Evans tendían a la sencillez, al minimalismo; el resto procuraba no renunciar a la casi extravagancia o a lo voluble. Aunque la personalidad de Miles Davis se dejó notar con rapidez. Él era un músico instalado en un registro medio con su trompeta, que conocía sus limitaciones técnicas y que, por otro lado, no paraba de buscar lo nuevo, lo necesario para expresar.

Antes de 'Kind of Blue', los acordes seguían ordenando los solos y eso hacía que su extensión fuera reducida. A partir de 'Kind of Blue', el jazz comienza a ser más lento, los fraseos se alargan hasta que el músico dice eso que quiere expresar. Imaginen un relato literario en el que se narra una historia. Pasan cosas y más cosas, pero llega un momento en el que el personaje principal necesita decir algo sin el filtro de la voz narrativa; lo necesita porque, de otra forma, no servirá de gran cosa todo lo anterior. Si lo dice será en forma de monólogo o utilizando recursos como el epistolar. Pues bien, el músico ya podía hacer eso con sus solos al tener todo el tiempo necesario y la libertad total para hacerlo. De alguna forma, la pieza interpretada pasa a ser el solo que se construye al margen de las imposiciones de las estructuras que antes ordenaban la música jazz (32 o 12 compases).


Si hablamos de 'Kind of Blue' lo hacemos de la unión de dos músicos: Miles Davis y Bill Evans, dos genios que se complementaban perfectamente. Evans tenía una preparación técnica exquisita que le faltaba, en algunos aspectos, a Miles. Evans era reservado; Miles rebosaba fortaleza y seguridad.

Aunque con las lógicas diferencias, los dos instrumentistas eran parecidos en aspectos fundamentales. Estaban influenciados por los maestros de música clásica. En concreto, Rachmaninov era un referente para ambos. Y, también, coincidían en una búsqueda casi obsesiva por una música en la que se sugería más que se enseñaba, una música sencilla que buscaba más los sentidos y la inmediatez para que dejara un poso más duradero. Nada de complejidades que envolvieran el vacío o la estética y nada más. Evans, por ejemplo, escapando de la nota tónica al acomodar los acordes lograba una apertura absoluta para alcanzar las armonías con flexibilidad. 

La Grabación

Los músicos que contrató Davis cobrarían 48$ por sesión de grabación de 3 horas.

Todos los temas eran del propio Miles Davis aunque nunca quedó claro si esto era así o alguna partitura había sido compuesta en compañía de Evans o por el propio pianista. Lo cierto es que Bill Evans no soportaba hablar de este asunto y defendió siempre que alguna canción era suya. Y hay que decir que esta fue la última vez que trompetista y pianista grabaron juntos.

Las órdenes de Miles fueron llegando sobre la marcha. En cada toma iba indicando qué hacer a los músicos. Esto desbarata la teoría que dice que el disco se grabó en una sola toma.

Como anécdota cabe decir que la cinta que se utilizó para grabar 'Kind of Blue' fue una Scotch de acetato que ha resistido bien el tiempo y nos permite acceder al master original. Se utilizaron 7 micrófonos conectados al master de tres pistas que se utilizaba para grabaciones monoaurales y estéreos. Y se añadió algo de eco al propio sonido que se producía en aquella antigua iglesia. Esto de añadir efectos era escandaloso para algunos en aquella época. Estos creían que la reverberación del estudio debía ser lo único que se tuviera que corregir o controlar.

Según cuenta Ashley Kahn en su libro sobre 'Kind of Blue' «para la primera sesión, se emparejaron los instrumentos cuyos registros fueran compatibles: el saxo tenor y el piano en la pista izquierda, trompeta y contrabajo en la central, y saxo alto y batería en la derecha. Tal y como era costumbre en las grabaciones de Miles de finales de los cincuenta, a él se le daba la posición estelar en la pista central» .

Tema a tema

'FREDDIE FREELOADER'

Es el segundo tema del disco aunque fue el primero en grabarse. Al piano Wynton Kelly, dejando un sonido limpio, en la única pieza que interpretaría. Blues que escapa de la melancolía profunda. El solo de Davis es uno de los mejores jamás conseguido. El acompañamiento de Chambers perfecto y los saxos acompasados. Se intentaron insertos aunque Davis los desecho para quedarse con la toma original completa.

'SO WHAT'

Es el tema más conocido del álbum. Se mezclan ritmos del folk americano y del gospel; los sonidos de la música clásica se dejan entrever a lo largo de toda la pieza.

Comienza con un tiempo más laxo que el principal. Cada nota parece quedar suspendida en el aire. La influencia del arreglista Gil Evans es evidente y suena mucho a él.

A pesa de ser un tema que salta hacia la modernidad, el patrón llamada-respuesta está presente y se hace evidente.

Miles Davis entra y sale en los tiempos con algún desfase que recuerda a eso que hacía Lady Day. El carácter vocal del tema le convierte en algo nunca oído, en algo sorprendente. Es el paradigma de la nueva música.

'BLUE IN GREEN'

Secuencia circular de acordes sobre la que reposan los solos de cada músico. Lo hacen con una cadencia pausada, tranquila y refinadamente elegante.

Se tiende al minimalismo puro. Y los solos aparecen en un orden extraño: trompeta, piano, saxo tenor, piano y trompeta. Todo es circular.

'FLAMENCO SKETCHES'

Jazz modal por completo. Y, posiblemente, el tema que más ataca los sentidos y lo más inmediato. Las influencias musicales que se suman son numerosas y, por ello, el efecto se multiplica.

En este tema Evans y Chambers son los conductores en cada transición que se produce. La suavidad con la que se realizan es magistral.

'ALL BLUES'

Jimmy Heath dijo que el riff de Chambers que se escucha es un viejo lick del blues tradicional. El clima que se crea es intenso y es un magnífico cierre.

Kind of Blue es una joya inolvidable del jazz.

G. Ramírez

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