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Dos minutos, cuarenta segundos y una trompeta


Ha arrancado la nueva edición de Supervivientes y ya está claro quién es el protagonista absoluto. Efectivamente, Jorge Javier Vázquez vuelve con un despliegue de simpatía, buen humor, oficio y sarcasmo, que tira de espaldas. Son muchos los que estarán echando las muelas por la rabia de ver como regresa la súper estrella; y muchos los que están disfrutando de lo que creen que es justicia poética.

Los datos del jueves son incontestables. 21,7 por ciento de share y casi cuatro millones de espectadores únicos, datos que no obtenía Tele5 desde hacía muchos meses.

Esa es la excelente noticia para Mediaset aunque tiene otra lectura que no es tan buena. Los concursantes pueden quedar eclipsados por el presentador. Irremediablemente. La única que puede evitar el alud generado por el presentador es Carmen Borrego porque, puede caer mejor o peor, pero sabe hacer televisión y no duda en exagerar si es necesario (el viaje en helicóptero de ayer fue un numerito lleno de histrionismo), en llorar si eso se convierte en un vídeo que se hará viral (¿Quién ha sido la primera en llorar de la edición? Exacto, ella) o en cotillear diciendo alguna cosa indebida si eso le proporciona protagonismo (no para de rajar sin parar a pensar en las consecuencias). El resto de concursantes tienen mucho que demostrar -no sabemos si mucho que dar- y ya veremos cómo se desarrollan los acontecimientos.


De momento, ya tenemos dos equipos. Por un lado el equipo rojo formado por Pedro García Aguado, Javier Ungría, Aurah Ruiz, Blanca, Rubén Torres, Arkano, Lorena Morlote, Rocío Madrid y Gorka, líder tras la prueba. Por otro el equipo azul compuesto por Mario González (líder), Arantxa del Sol, Kike Calleja, Carmen Borrego, Miri, Ángel Cristo Jr, Claudia y Zayra. Y, además, tenemos cuatro primeros nominados: Ángel Cristo, Lorena Morlote, Arancha del Sol y Aurah Ruiz. Todo apunta a que será Lorena Morlote la que vaya a la playa en la que están los expulsados más solos que la una hasta la siguiente expulsión (ya son dos).

Aunque cualquier predicción siempre es un riesgo, auguro una edición bastante más aburrida de lo que pudiera esperarse. Tendrá que ser Jorge Javier Vázquez el que tire del carro porque los famosos que han llevado son, bien de medio pelo, bien irrelevantes. Y la cantidad de abandonos de la edición será histórica. Ya verán como alguno no dura ni quince días.

Nirek Sabal


En esta página se habla de distintas manifestaciones artísticas y de otras que forman parte del vertedero del ocio. ¿Se puede hablar de toros aquí?

Vamos por partes.

Fui muy aficionado a las corridas de toros, también a todo lo que el mundo del toro es y representa. Creo que fui capaz de acumular conocimientos sobre lo que es la liturgia de la lidia, hasta crear un criterio sólido que me hacía disfrutar de cada detalle. Aprendí a entender las motivaciones de toreros, empresarios y aficionados. Mi biblioteca es especialmente atractiva al sumar las mejores obras escritas sobre los toros. En definitiva, me convertí en un buen aficionado.

Sin embargo, nunca jamás defendí nada que tuviera que ver con el mundo del toro bravo. Nunca. Procuré hacer lo que creí mejor en su momento sin intentar arrastrar a nadie hacia el lado en el que me encontraba en cada momento. Tampoco dije ni pío el día que decidí no pisar una plaza de toros nunca más. Eso ocurrió hace ya muchos años, el día que comprobé que la industria del toro bravo atesoraba componentes de tradición, cultura o arte, del mismo modo y con la misma intensidad que acumulaba componentes de negocio puro y duro, caras amargas y tramposas; o de injusticia demoledora. Y es que todo lo que el hombre construye es reflejo de su propia humanidad; es decir, todo lo que el hombre construye tiene algo de chapucero, sucio y tóxico (otros dicen que eso se llama imperfección).

En 2024 no se pueden defender las corridas de toros porque el mundo ha cambiado tanto que algo tan arcaico no tiene cabida. Es evidente que los intereses económicos son tan magros que los que se dedican a algo relacionado con la lidia son contrarios a su desaparición. Y a su reforma, a cualquier cambio que les mueva la silla un solo milímetro. Y, desde luego, los que no pueden defender el mundo del toro bravo tal cual está diseñado en la actualidad, son los matadores de toros. Recuerdo algunas intervenciones de estos hombres intentando defender sus cosas en foros políticos importantes que resultaron, sencillamente, patéticas. Matar toros no te convierte en un gran orador ni te aporta la razón o la posibilidad de entender a los que están enfrente. Por otra parte, no es una gran ayuda tener a los toreros en la televisión hablando de esto o aquello, o bajándose los pantalones para enseñar cicatrices o comentando los cuernos que ha puesto un tipo a su esposa. Porque todo eso que rodeaba a los matadores y que tenía que ver con el tesón, con el valor ante la muerte o con una idea única de lo que es la vida de una persona que se encuentra sola ante su propio destino, quedó liquidado hace mucho tiempo con la aparición de toreros como Jesulín de Ubrique o los hermanos Ordóñez.

Los toreros dejaron de rebosar valor sin límite o capacidad de superación. Desde que los maletillas desaparecieron, los toreros comenzaron a apestar a herencia familiar y camino fácil. Los toreros, ante un nivel académico disparado entre los jóvenes españoles, comenzaban a parecer gañanes vestidos de bonito. Eso hizo que todo se tambalease.



El afeitado de los toros, que los animales llegasen hasta arriba de tranquilizantes a las plazas con la excusa de un viaje en el que se podían hacer daño, sacos terreros lanzados desde lo alto de un corral de la plaza sobre los riñones del toro para que saliera ‘más dócil’ a la plaza o el exceso de kilos y la carencia de bravura, espantaron a los buenos aficionados y a los que creíamos que eso no podía pasar.

Y, por supuesto, el maltrato animal tan denunciado ha sido definitivo para que el hundimiento esté asegurado. Es cuestión de tiempo. Ver a un animal vomitando sangre tras una estocada baja, pone los pelos de punta a cualquiera (incluidos los buenos aficionados que se llevan las manos a la cabeza al comprobar que los buenos toreros ya no existen y que muchos son matarifes), ver cómo pican al toro se hace incomprensible por muy justificado que esté ese tercio de la lidia, ver morir a un animal no es agradable en la actualidad.

A la fiesta de los toros le queda poco porque se ha politizado el debate y porque no es posible que algo así siga sucediendo en el seno de una sociedad moderna. Y si son muchos los que viven de ello habrá que buscar una salida a todos ellos. Lo que no puede ser es mantener las cosas sin sentido alguno aludiendo a una tradición que ya pocos quieren mantener intacta. El mundo está cambiando muy rápido y los toros forman parte de él.

G. Ramírez


Una tal Zayra dice que algo está cogiendo polvo y le contesta María (una de las novias que se ha puesto a prueba en el programa) diciendo: ‘el polvo que no te ha echado a ti y que me va a echar a mí cuando lleguemos a casa’. Más lírica no es posible en televisión. Creo que deberían buscar una beca a toda esta caterva se sanguijuelas para que lleguen a publicar un par de poemarios. Otra cosa sería un desperdicio. Por cierto, esta tal Zayra es la misma que afirma haber tenido algo con Rauw Alejandro siendo falso, por supuesto (es tremendo lo de algunos).

La Isla de las Tentaciones es un programa en el que una serie de hombres y mujeres ligan entre ellos, beben a todo beber, dicen idioteces sin parar, demuestran una inteligencia raquítica y del que quieren salir para continuar con su vida, como si no pasara nada. Es algo incomprensible que deja atónito a cualquiera.


En la gala número diez, todo ha sido entre surrealista y estúpido. Las chicas llamadas tentadoras (es decir, las que quieren ligar con los que han ido al programa con pareja) se han presentado delante de las novias y han mentido sin decoro con el fin de poner nerviosas a las enamoradas. Y luego han mentido a los novios para probar suerte y llevárselos al huerto. Y en esto consiste el programa. Bueno, en eso y en pasear a un osito de peluche colgado del cuello y, a la vez, de un dron. En eso y en ver cómo una mujer histérica llega corriendo a la casa en la que está su novio en la cama junto a la ‘tentadora’. Es decir, el programa consiste en mostrar sin filtros la idiotez humana, el vacío más absoluto de las personas, las inteligencias de chorlito y poco más.

Pero es uno de los programas con mejores datos de audiencia de Tele5. Y eso significa que lo ven cientos de miles de jóvenes que, seguramente, no tendrían mucho inconveniente en pasar unos días en esas condiciones.

Esto es lo que tenemos y lo que nos merecemos.

Nirek Sabal


Red Norvo

Norvo es uno de esos músicos que no dejó de estar desde el momento de aparecer. Se incorporó a la orquesta de Paul Whiteman en los años 30. Con su instrumento, el xilófono, trató siempre de tener una presencia única y casi obligada. 

De su primera época, destacan algunas grabaciones ('In a mist' o 'Blues in E Flat') y una clara tendencia a lo que, más tarde, se llamo cool jazz. 

Su esposa, Mildred Bailey, grabó con él algunos temas que tuvieron gran fama entre los aficionados. Llegados los años 40, como no podía ser de otra forma, Norvo se arrimó al bop aunque no dejó de coquetear con el swing. Gillespie, Parker, Billie Holiday y Goodman, son algunos de los músicos y cantantes con los que hizo música durante este periodo. El trío que formó con Tal Farlow y el genial e irascible Mingus fue, tal vez, lo mejor de su carrera. Volvió al swing y terminó impedido para hacer música por un problema acústico que empeoró con otro cardiaco. 

A Norvo nunca se le hizo justicia. Ni se le entendió ni se le valoró lo suficiente.

G. Ramírez

 


El jazz se extendió con rapidez y por todo Estados Unidos gracias al gramófono. La venta de aparatos y discos se disparó durante algún tiempo y era raro el lugar en el que no se escuchase la nueva música. Aparecieron nuevos músicos en lugares improbables, algunos de ellos de extraordinaria calidad.

Regresamos a Chicago y a los años 20 del siglo pasado. Aunque no es cierto del todo, esos tiempos quedaron marcados, entre otras cosas, por la hegemonía de los jazzmen blancos en Chicago. Su música se diferenciaba de la tradición de Nueva Orleans gracias al flare up, el shuffle rhythm o el break; por las marcadas tradiciones europeas más clásicas que destilaba su música e, incluso; por la música popular judía. Los músicos eran vistos como jóvenes que intentaban trazar un camino único y retirado del acomodo general. Y, efectivamente, muchos de ellos lo eran aunque no tan salvajemente contrarios al orden establecido o a los sentimientos más dulzones como quisieron pintarlos. Porque fueron buenos camaradas, porque su música era la expresión de sus intimidades, porque eran personas muy normales aunque tocaban jazz, claro. Pero, en ese momento, todo lo que tenía que ver con Chicago y sus músicos blancos era mitificado a la primera oportunidad.

Nueva Orleans, Chicago y Nueva York, eran los tres epicentros del terremoto llamado jazz. Siempre se dijo. Aunque tampoco es del todo cierto. Ya existían los gramófonos y la gente los compraba en grandes cantidades. El jazz llegaba a todos los rincones de Estados Unidos. Del mismo modo que pasaría después con la radio, los avances técnicos jugaban a favor de la música. Desde Chicago, donde ya se encontraban los grandes músicos negros (por eso decía que ese predominio blanco se tendría que discutir), se viajaba a Nueva York con cierto frenesí. Por eso, estas ciudades, acumulaban mucho de lo bueno, del dinero y de la fama. Pero el jazz se extendía sin límites. En este contexto, cuando, además, el interés por todo lo negro que mostraban los blancos era desmesurado, nos encontramos con uno de los músicos verdaderamente importantes del y para el jazz. Bix Beiderbecke. Blanco, con gran talento y anclado a la realidad musical de aquel tiempo aunque adelantado, siempre, a lo que sucedía. Todo ello le convertiría en una referencia clara para miles de jóvenes norteamericanos.


Nació en Davenport (Iowa). Fue el año 1903. Lejos de Nueva Orleans, de Chicago y de Nueva York. Comenzó tocando el piano y decidió cambiar de instrumento (corneta) después de escuchar unos discos que llevó a su casa el hermano mayor recién llegado de combatir en la Gran Guerra. Bix nunca había cuidado su preparación técnica. Parece ser que su gran oído para la música le permitía repetir canciones enteras después de escucharlas. Una gran ventaja que se volvería muy pronto en su contra convertida en una inseguridad enfermiza que le acompañó durante su carrera como músico.

La afición de Bix por la música preocupaba mucho a los padres. No se les ocurrió nada mejor que enviar al muchacho a la Lake Forest Academy para alejarle de las malas influencias. Pero estaba ¡junto a Chicago! Bix fue expulsado poco después de ingresar en la institución por sus continuas escapadas nocturnas en busca de los negros del jazz. Por supuesto, tras la expulsión, esa búsqueda fue más intensa y mucho más libre.

Comenzó a tocar en bandas pequeñas y a beber alcohol en grandes cantidades. Hasta que formó, junto a unos muchachos aficionados al jazz, la primera banda de cierta importancia: los Wolverines. Si bien la música de Bix en esta formación no está desarrollada del todo (la línea melódica es bastante simple), se aprecia que algo especial se esconde en cada una de las notas. Calidez, cadencia, exclusividad y la fuerza que nunca antes un músico blanco había sido capaz de conseguir con un instrumento. Estuvo con los Wolverines hasta 1924. Ya estaban en Nueva York. Al mismo tiempo, Armstrong tocaba allí en la banda de F. Henderson.

Después de ir de un sitio a otro y de experimentar por su cuenta, trabajó con Jean Goldkette hasta que su banda desapareció y con Paul Whiteman mientras pudo continuar tocando. Estas eran bandas de músicos blancos. Todavía, la segregación era absoluta. En estas dos formaciones coincidió con el saxofonista Frank Trumbauer, un músico de gran prestigio y enorme influencia en los músicos de su época. Era tranquilo, ordenado, bebía muy poco, cuidaba de su familia. Todo lo contrario que era Bix que ya empezaba a tener serios problemas con la bebida y que, trabajando con Whiteman, se convertiría en un auténtico desastre. Ambos participaron en grabaciones míticas. 'Sigin’ the Blues' o 'I’m Comin Virginia' son, tal vez las mejores. Los solos que consiguen son fantásticos. El swing que domina esos temas parece un susurro evocador y privado para el que escucha.

Pero no solo estaban ellos haciendo buena música. Otro dúo extraordinario, el formado por el guitarrista Eddie Lang y el violinista Joe Ventti, acompañaban a Bix y Trumbauer en las bandas de Goldkette y Whiteman.

En 1928, Armstrong escuchó en un teatro de Chicago a Bix. Y le encantó su forma de tocar. Alguna noche, en algún local cerrado (insisto en que la segregación era absoluta), tocaron juntos y es una pena que no dejaran testimonio de ello porque nunca llegaremos a saber lo que consiguieron hacer entre los dos. Ese mismo año, Bix ya mostraba muestras de depresión, de desorden absoluto, de alcoholismo. Whiteman le sugiere un descanso y Bix viaja a casa para descubrir que sus padres siguen sin aceptar su forma de vida. Esto supone un mazazo para él. Decide ingresar en un sanatorio para intentar dejar la bebida. Lo logra aunque poco después recae. Nunca regresó a la banda de Whiteman. Pero sí dedico el final de su vida a componer para el piano. Lo poco que conocemos (lo transcribió Bill Challis, seguramente, por la imposibilidad técnica con la que cargaba el autor para hacerlo) nos hace pensar en los nuevos caminos que Bix era capaz de encontrar. La pieza clave es 'In a Mist'.

Bix Beiderbecke murió a los 28 años en un pequeño apartamento de Queens, Nueva York. Nunca sabremos el alcance que hubiera tenido su música si hubiera continuado componiendo e interpretando.

G. Ramírez

 


Podría intentar un análisis profundo de la serie ‘The Last of Us’ en su conjunto, pero ya se han dicho tantas cosas que me parece innecesario. Aunque no puedo dejar de hablar del tercer capítulo de esta primera temporada de la serie. Sencillamente, me parece un episodio fantástico, lleno de expresividad, soportado por una estética de las distintas violencias con las que convide el ser humano que pocas veces se ha logrado construir con tanta delicadeza. Porque la violencia también tiene su estética.

Hablo de este capítulo de la serie sin saber en qué consiste el videojuego del que nació la idea y sin preocuparme por descubrirlo. Del mismo modo que la adaptación de una novela al cine es independiente del original, esta serie es un producto autónomo y no se puede exigir al espectador valorarlo con un videojuego en la otra mano. Por tanto, si ‘Long Long Time’ (así se llama el episodio) se aleja de la historia original, no importa, no es relevante.

Una advertencia. Aunque he intentado no desvelar gran cosa del contenido de este tercer capítula de la primera temporada de 'The Last of Us', creo que no lo he logrado. Si no ha disfrutado ya de esos sesenta minutos de gran cine (es gran cine) deje de leer.

El tercer capítulo de la primera temporada de ‘The Last of Us’ se recordará por mucho tiempo por los aficionados a las series televisivas. Por la carga expresiva tan descomunal que arrastra, en primer lugar. Por ejemplo, las primeras imágenes nos muestran al protagonista, Joel (serio y solvente Pedro Pascal), construyendo una pequeña torre de piedras a la orilla de un río. Ha perdido a su compañera Tess (una pena que la actriz Anna Torv no tenga más presencia en la serie) y este es el único homenaje que puede hacer. El entorno está formado por una naturaleza viva, salvaje, llena de futuro. Y Joel termina caminando en silencio, disfrutando de la paz de un bosque, de un río y de un cielo que invita a la esperanza. Y es que el ser humano siempre soportó la ausencia pegando los pies al suelo, conectando con los orígenes y con eso que no vemos y que intuimos como cierto, con lo que hay más allá. Los creadores de la serie, Neil Druckmann y Craig Mazin, saben que narrar despacio, sin ser explícitos, es mucho más efectivo que cualquier otra cosa. Porque el espectador no tiene más remedio que sentir con los personajes. Pero eso es sólo un aperitivo puesto que la historia de Bill y Frank es una explosión de buen cine, de profundidad en la construcción de los personajes, de narrativa construida sobre elementos fundamentales.


Bill y Frank son gais (algo muy criticado por aquellos que dicen que eso de meter con calzador a los negros, a los gais, a los trans… es perverso y una moda que perjudica claramente a los que no lo son; una bobada como un edificio de seis plantas puesto que los negros, esquimales, gais, transexuales o pintores de brocha gorda existen y forman parte de la realidad). Bill y Frank son personas humanas y viven en Massachusetts al margen del desastre descomunal en el que se han convertido el planeta Tierra. Bill y Frank aprenden a valorar esas pequeñas cosas que tanto trabajo cuesta conseguir y, sobre todo, conservar (la escena de las fresas es una auténtica maravilla). La suma de ambos es igual a la condición humana en su conjunto. Amor y violencia; delicadeza y brusquedad; amistad y rechazo.

Nos cuentan una vida en una hora. Una vida entera. Y, por supuesto, es la elipsis la que permite que eso pueda ocurrir. El montaje se convierte en una maravilla que deja huecos enormes que rellena el espectador sin riesgo de equivocación. Lo dicho expresamente convierte esas elipsis en lugares narrativos de máxima seguridad. Y eso es muy difícil de conseguir. Y no se pierde el hilo narrativo general de la serie. La introducción de personajes ya conocidos se hace con mucha destreza y se consigue un efecto maravilloso.


Vemos a esos dos personajes evolucionar. Vemos el interior más humano y sensible de un personaje duro como Joel; nos enseñan la autosuficiencia de Ellie (qué bien lo hace la joven Bella Ramsey), su valentía. Y vemos un mundo hundido por completo que debería conmovernos aunque lo que nos hace trizas es saber que el amor verdadero es lo que soporta a toda la especie.

Nick Offerman encarna a Bill. Murray Bartlett es Frank. Y, tal vez sin saberlo, han protagonizado el mejor capítulo de serie televisiva rodado en los últimos años.

Nirek Sabal



¿Eres de los que crees que no te gusta el jazz? ¿Estás seguro de ello?
Durante muchos años, he aprendido que una de las cosas que separa el jazz de la gente es el desconocimiento creado a base de los tópicos que han rodeado este tipo de música desde hace décadas. Muchas veces, decimos que no nos gusta el jazz mientras escuchamos un tema que nos encanta y que es... puro jazz. Y durante años, he aprendido que con un poco de paciencia puedo demostrar que el jazz le gusta a cualquiera con un mínimo de interés musical. ¿Me dejas que probemos?

Vamos a empezar por un tema precioso que se titula 'Emily', una canción del año 1964 compuesta por Johnny Mandel. Las versiones son muchas, pero la que más me gusta es esta de Al Cohn Zoot Sims Quintet. 

 

Bill Evans es el mejor pianista de la historia del jazz. Sin lugar a dudas. Y compuso temas deliciosos, extraordinarios, monumentales. Uno de los que más ayudan a 'educar' el oído para escuchar jazz es 'Waltz For Debby', una partitura que escribió en honor de su sobrina. Los temas de Evans han servido a muchos como banderín de enganche al jazz. Es un valor seguro y gusta mucho.

   

John Coltrane y Johnny Hartman versionaron un tema maravilloso de Guy Wood que se titula 'My One and Only Love'. Es una canción que se pudo escuchar (como tema principal) en la excelente película de Mike Figgis 'Living Las Vegas' (Nicolas Cage y Elisabeth Shue). Es una maravilla.

   

Richard Galliano es un músico que hace jazz con su acordeón y se hace acompañar de músicos extraordinarios. Una de las canciones que más gustan de su repertorio es este que grabo con su banda Richard Galliano New York Trio 'Historia de un amor'. Es otra forma de hacer jazz.

   

El jazz aguanta cualquier matrimonio con otras formas de hacer música, con cualquier tendencia. Este es un ejemplo de fusión del jazz con el flamenco. El Niño Josele a la guitarra haciendo un homenaje a Bill Evans. Casi nada. El tema: 'My Foolish Heart'.

 

Ya sabía yo que sí te gustaba el jazz.

G. Ramírez


¿Puede ser escritor cualquier persona? Hoy, con las nuevas tecnologías agarradas como lapas a todo lo que hacemos, podría parecer que la respuesta a la pregunta es sí. De hecho, todo el que quiere escribe y lo publica. Ahora bien, escribir es una cosa y ser escritor es otra bien distinta. Publicar y tener cierta presencia es una cosa y sumarse a la extraordinaria acumulación de títulos que pasan desapercibidos es otra. De la inteligencia artificial ni hablamos.

Un escritor es el que busca sin parar. Pero no tratando de encontrar una historieta, más o menos, atractiva. Lo que busca el escritor es esa zona de la realidad que, convertida en ficción, puede explicar la realidad misma. El escritor sabe que en algún lugar se encuentra eso que tanto ha buscado desde niño; y sabe que tiene la obligación de continuar con el rastreo sin perder la condición con la que comenzó. Dejar atrás la mirada infantil marca el declive de cualquiera que se dedique a eso de escribir. Mirar a un lado, al otro, de frente, hacia atrás. Sin prisa, con el deseo auténtico de descubrir, sin buscar halagos gratuitos e innecesarios. Escribir, ser escritor, es algo muy serio. El grado de compromiso que se adquiere con el mundo es casi sagrado. El que sólo quiere escribir para aparentar ser no sé qué o vender libros no lo consigue. Hay que estar dispuesto a enfrentar una realidad dura e hiriente, la gran mayoría de las veces, para explicarla.

Hay algo que muchos no terminan de entender mientras piden a gritos tener la posibilidad de llamarse escritor: el ser humano podría renunciar a todo, pero nunca al relato, a la explicación de sí mismo; un relato para contar a otros y explicar, para pensarlo y explicarse; enmarcado en el campo de tensión establecido entre la razón y lo imaginado. El sentido de la vida, eso que hemos intentado encontrar desde que vivíamos en las cavernas, es el motor de la persona. Los escritores lo sabemos muy bien y somos conscientes de la importancia que esto tiene. El triunfo o la publicación de la obra se convierte en cosmética; muy agradable aunque puro maquillaje. Y esto nos hace arrimarnos a lo simbólico, a intentar descubrir ese territorio de la realidad tan evidente como difícil de aprehender. A lo mitológico porque, como decía Eliade todo se entiende desde 'el entramado de la esencia del hombre'.

Gabriela Mistral escribió lo siguiente: 'Ya otras veces ha sido (para algún místico) el cuerpo la sombra y el alma la verdad verídica'. Y es cierto. Pero la frase hay que entenderla, no desde la negación de lo material, sino al contrario. Porque lo simbólico es lo real. Los escritores lo sabemos. No se puede tener un acceso directo a la simbología del universo sin tener un arraigo poderoso a la realidad. Hay que pensar el mundo sintiendo el mundo. Sentir bien es poder pensar bien. Conservando (sólo así se puede conseguir) esa idea que Jung explicaba tan bien al afirmar que toda la historia de la humanidad la acarreamos teniéndola dentro; idea que nos lleva (siempre acabamos en el mismo lugar) a lo arquetípico, a la mitología que nos permite sobrevivir. Y a los escritores hacer literatura. El que elige tocar, lo material, en lugar de sentir, niega la posibilidad de tener ese alma verídica de la que habla la señora Mistral. La dualidad del mundo no permite opciones entre sentir o tocar. Las cosas no son sí o no. Todo es sí y no. Algo que el hombre interiorizó desde que lo es; algo que nos hace buscar sin descanso como los niños. Es lo que hace a una persona escritor. Posiblemente, sobre lo que reposa lo que llamamos talento y que se confunde con algunas pautas técnicas que se pueden aprender en cualquier taller literario con un mínimo nivel.

Lo que no se aprende es la mirada exclusiva que hace estallar la realidad en un millón de pedazos para que se pueda ordenar del modo justo. Vender libros no tiene nada que ver con pensar y sentir una realidad tan absurda como inverosímil que parece imposible encajar en la consciencia del ser humano.

Hace muchos años leí unas páginas de Ortega (este era de los que pensaba y sentía de maravilla) que resumían muy bien lo que significa el relato y, por tanto, la labor y la importancia de la escritura (no la de cualquier cosa escrita, claro). Contaba cómo podría haber sido una primera escena de amor en las cavernas de nuestros abuelos. Venía a decir que los hombres primitivos cazaban, no paraban de buscar comida, llegaban a la caverna para alimentarse, cubrían a la hembra y volvían a salir junto con el resto de machos para poder seguir sobreviviendo (ahora que es tan frecuente la separación, me hace gracia pensar que lo único que está pasando es que volvemos a nuestros orígenes. Los matrimonios de nuestros abuelos cavernícolas duraban diez minutos. Más o menos lo mismo que muchos de los de hoy en día. No sé a qué viene tanto escándalo). Una noche uno de esos hombres, después de devorar la pata de alguna fiera, cubrió a la hembra y antes de irse la miró. Ella, seguramente, esperaba esa mirada. En vez de marchar, se quedó. ¿Cómo explicaría ese hombre lo que le estaba pasando? Cuando llegó la mañana siguiente al lugar de reunión de los cazadores ¿qué dijo? Pues seguramente nada. Ni pudo, ni quiso. Tal vez danzó alrededor de una hoguera para explicarse y explicarlo. Y esto mismo es lo que nos sucede hoy a todos. Y es lo que me sucedió a mí siendo joven y estando enamorado de la muchacha morena de ojos negros. Es tan grande el sentimiento que no entra en el cuenco de la palabra. Nos vemos obligados a usar tópicos ('te quiero tanto que daría la vida por ti', frases tan gastadas por el uso que ya no significan nada), a recurrir a la poesía de otros (de los que tomaron distancia con respecto al problema) o a quedar callados disfrutando de una sensación que es, simplemente, inexplicable. Y es aquí donde toma importancia la escritura, la literatura.

Decir más me temo que es innecesario. Ahora cada uno debe saber qué esta haciendo o a qué está jugando.

G. Ramírez



El ser humano podría renunciar a la rueda, a dios, a la familia, a cualquier cosa. Solo hay una excepción: nunca podría renunciar a sí mismo. Y eso significa no poder evitar saber lo que es, ni dejar de experimentar cómo es y la forma en que es capaz de contárselo a sí mismo. Al fin y al cabo, es por ello por lo que no deja de crear obras de arte. La danza es el máximo exponente de la expresión humana y, por tanto, la forma más arcaica y pura de su expresión, de su arte. 
Creo yo que eso que llamamos sexto sentido o intuición tiene mucho que ver con la interpretación del lenguaje corporal y no con un don otorgado por los dioses. 
Tengo cuatro hijos y he asistido a las largas conversaciones de todos ellos con su madre (sin que dijeran una sola palabra) cuando eran, todavía, bebés. Un gesto era suficiente para que madre e hijo supieran, más o menos, lo que era necesario hacer en cada momento. Es posible que sea esto y no otra cosa lo que haga que esa intuición sea enorme en el caso de las mujeres y no tanto en los hombres. Naturalmente, encontramos varones que desarrollan esa intuición y mujeres que la tienen atrofiada, pero, por regla general, la tendencia parece que se acerca a esto que digo.
En definitiva, el ser humano expresa a través del cuerpo. Sin abrir la boca es capaz de decir, de hacerse comprender, de expresar sus emociones más intensas y más íntimas. Antes de hablar, de construir un sistema tan complejo como el lenguaje, el hombre se comunicó gesticulando, saltando. Bailando alrededor de una hoguera para dar gracias al sol por regresar cada mañana o expresando la alegría provocada por una buena caza. 
La danza fue expresión absoluta, pura, única. Y la danza sigue siendo eso mismo, sigue estando al margen de interferencias; sigue arrastrando, así, al hombre hasta sus orígenes más primitivos. 
Si acudimos a una boda, terminamos bailando por la alegría; si celebramos el final de un año más, terminamos bailando; si celebramos cualquier cosa que nos produce alegría lo hacemos, si invocamos, si queremos estar presentes en el grupo. 
Sin embargo, la danza como manifestación artística parece estar alejada de la masa social. La sensación de elitismo que han creado unos y que otros han rechazado absolutamente, parece haber provocado un distanciamiento difícil de superar. En esto algo de culpa tenemos los críticos al escribir artículos en los que, en lugar de generar interés, nos dedicamos a contar todo lo que sabemos sobre esto o aquello (si puede ser de forma exquisita mejor). Aunque, por qué no decirlo, algo de culpa, también, reposa sobre el público. Es verdad que en cualquier arte, una obra que solo pueden disfrutar el que las crea y sus amigos más cercanos (que reciben información inaccesible para el común de los mortales) hace imposible una comunión imprescindible entre las partes implicadas. Es esta una idea muy arraigada y bastante exacta. Por ello, los ballets clásicos se libran aunque no del todo. Pero los modernos parecen ser percibidos más como rompecabezas imposibles y exclusivos que como espectáculos de danza que aspiran a ser universales. Al menos ésta es la sensación que tienen muchos. Y aquí encontramos el núcleo del problema porque esa sensación es equivocada y prejuiciosa. Cuando alguien con un mínimo de sensibilidad acude al teatro para ver bailar a otros, suele salir de allí fascinado. Nos encontramos, entonces, con el viejo problema de los falsos elitismos, de los precios desorbitados; de los cotos privados que alguien quiere seguir potenciando porque, seguramente, es más rentable; con posturas cicateras que tratan de ocultar una gran ignorancia que es, en realidad, falta de interés y desidia. Nos encontramos con lo que no tiene nada que ver con el arte. 


Por si era poco, alrededor del ballet, existen tópicos que tampoco ayudan al acercamiento entre todos. Por ejemplo, un bailarín es gay. Ya está. Eso es lo que muchísimos hombres piensan. Se lo digo yo. El ballet es cosa de mujeres. Eso lo dicen casi todos. También se lo digo yo. Lo cierto es que la mujer siempre tuvo un papel primordial en la danza y me lleva a pensar que, dado que las sociedades, desde las cavernas, han sido machistas y fuertemente misóginas, dado que la espada tiene un poder indiscutible, la sensación es que esto podría obedecer a un deseo de anular la importancia femenina acotando, por esa razón, sus actividades y excluyéndolas del ámbito compartido entre hombres y mujeres. Los hombres que no ocultan su zona sensible y participan son señalados y excluidos. Como lo oyen. Con todo lo que huele a femenino suele ocurrir esto. Otra cosa es que lo queramos asumir o no, otra cosa es que nos pongamos estupendos al decir eso de que no somos machistas y que buscamos una igualdad total entre mujeres y hombres. 
En cualquier caso, lo preocupante es que la danza no ocupa el lugar que le corresponde en nuestra cultura. Lo inquietante es que nos hemos separado de algo tan ancestral como necesario, de algo que hacemos de forma natural cuando nos desbordan los sentimientos. Habría que encontrar la forma de hacer volver a la gente a los espectáculos de forma masiva. Habría que decir a todos que hay que acudir para disfrutar, sin fijarse en lo que se dice en los artículos críticos más allá de la referencia que representan, dejando aparcadas ideas viejas e inservibles. El criterio llega con la experiencia; y no conocer, este o aquel detalle sobre una obra concreta, no puede ser motivo de huida pensando en que otros vayan a decir que si no conoces en profundidad de la obra eres un cateto. Además, la masculinidad no se pierde por experimentar sensaciones y saber apreciar la belleza hasta la emoción. 
Hace algún tiempo, tuve la oportunidad de asistir a la representación de la ópera – danza ‘Orfeo y Eurídice’ que estructuró la magnífica Pina Bausch allá por el año setenta y cinco. Es demoledor comprobar cómo un hombre, prácticamente desnudo, moviéndose por el escenario, llena de sufrimiento el espacio, de un terror fácilmente reconocible por alguien que sabe lo que es perder lo más querido. Es sorprendente comprobar cómo el ser humano es capaz de representar la muerte cuando no sabe en qué consiste eso de morir. Decir la muerte no podemos, bailarla con precisión sí. No crean que hace falta ser un gran experto para sacar estas conclusiones estando sentado en el patio de butacas. Es suficiente dejarse llevar y tratar de entender, olvidarse de todo lo escuchado acerca de la danza, despegarse de ideas previas o de especulaciones o de complejos. 


Es verdad, que muchas veces, los críticos nos referimos a elementos que los directores de escena incorporan y que tienen un gran valor simbólico y artístico. Es nuestro trabajo. O dejar clara nuestra postura sobre una obra sin dejar de mirar tanto lo bueno como lo malo, los errores y los aciertos. Es nuestro trabajo. Pero eso no puede, no debe, estar por encima de lo que siente una persona cualquiera ante una obra de arte. Lo importante no es lo que yo digo sino lo que usted siente. Porque la danza, como manifestación artística, tiene que ver con los sentimientos universales, con las emociones de todos, con nuestra evolución. La danza es expresión pura a través del cuerpo. Eso que hemos explotado todos siendo bebés, jovencitos o adultos. Y, por eso, hay que acercarse a ella, para entender, de una vez por todas, lo que somos y cómo somos capaces de contárnoslo.

Nirek Sabal

 

Imagen de LeRoy Neiman

Louis Armstrong regresó a Chicago, desde Nueva York, en 1925. Nadie era capaz de igualar el amplísimo repertorio de recursos técnicos que era capaz de desarrollar al hacer música. Y allí grabó una serie de sesiones inolvidables, tal vez las más aclamadas de la historia del jazz, con los Five y Hot Seven.

En noviembre de 1925, los técnicos de grabación del sello OKeh estaban en Chicago. Era un equipo que iba y venía puesto que podían trasladar los aparatos. Aprovechando la ocasión, Armstrong quiso grabar siendo el líder del grupo. Aunque más tarde grandes músicos consiguieron grabaciones memorables, nunca se superaron las de Armstrong con los Hot Five y los Hot Seven. Alguna de Parker puede estar a un nivel similar, pero no por encima de estas.

Las frases musicales de Armstrong se entrelazaron de forma primorosa, la lógica de su música era arrasadora. Los breaks que otros eran incapaces de cerrar con soltura resultaban naturales, casi obligados, cuando él tocaba. Por otra parte, el predominio de la corneta de Armstrong es absoluto ya que las líneas melódicas parecen estar, siempre, un escalón más arriba del conjunto.

Contaba el propio músico que grabando Heebie Jeebies se le cayó al suelo la letra de la canción. No la sabía de memoria y, mientras recogía el papel del suelo, improvisó unas sílabas que trataban de imitar las líneas melódicas de un instrumento. Ya saben, eso a lo que pronto nos acostumbró Armstrong. Cantar sin decir nada con sentido lingüístico, pero lleno de coherencia musical. Esto se conoce como scat singing. Y lo que contaba el genio lo ponemos en entredicho porque nadie ha sido capaz de confirmar que esto fuera una casualidad. Ni siquiera su mujer, Lil Hardin, que le acompañaba al piano en estas grabaciones.

Hay que fijar la atención en un tema que se grabó en esa primera sesión del día 26. Oriental Strut es una muestra de lo que podía llegar a conseguir Armstrong con su instrumento. En otras bandas los estribillos no resultaban demasiado atractivos. Sin embargo, cada una de sus notas convertían los stop-times en violentos arranques de melodías coherentes y bellísimas.

Más tarde llegaron Baby Dodds y Pete Briggs al grupo. Se convirtieron en los Hot Seven. La reminiscencia del jazz tradicional de Nueva Orleans desaparecía casi por completo para que los instrumentos solistas tomaran total protagonismo.

Armstrong cambió todo para que todo fuera el jazz.

Durante años fue teniendo contactos con los mejores intérpretes de América. Resultan inolvidables algunos temas grabados con, por ejemplo, Earl Hines; en concreto Weather Bird es un referente del cambio que significaba esta música respecto al ragtime o a la música construida para bailar.

Nunca renunció a su faceta de cantante que le permitía aportar un swing a la melodía que bien podría conseguir con el instrumento. Incluso llegó a cantar por detrás del compás logrando un efecto delicioso. Muchísimos cantantes se fijaron en Armstrong e hicieron suyos sus elementos técnicos. No hablamos de cualquiera: Ella Fitzgerald, Biliie Holiday o Frank Sinatra, son algunos de ellos.

Viajó por todo el mundo y llegaron a ocurrir algunas cosas cómicas. En los años 30, unos músicos europeos exigieron poder revisar la trompeta y la boquilla porque no podían creer que fuera posible conseguir aquello sin trucos.

Louis Armstrong fue tan popular que, a veces, se le recuerda más por sus apariciones públicas contando anécdotas que por lo que significó para el jazz.

Hay que recordar que, ya pasados muchos años, The Beatles no resistieron la fuerza de la música de este genio y que Hello Dolly les desbancó de las listas.

El genio murió en 1971. Pero hay que regresar de nuevo en el tiempo. Hemos dejado muchas cosas sin contar. Nos vemos en la próxima entrega para echar un vistazo a lo que sucedió en Chicago y fijándonos, sobre todo, en Bix Beiderbecke.

G. Ramírez


Bunk Johnson

Nueva Orleans, 1879. Se le considera uno de los pioneros del jazz si bien es cierto que Bunk Johnson perteneció más al mundo del espectáculo de los juglares (minstrel) y, en ese momento, el jazz no era el jazz. Todo se iba mezclando para que apareciera poco después. Afirmó en varias ocasiones que tocó con Buddy Bolden y es posible que fuera cierto, pero no como integrante fijo de la banda. Como muchos otros, se instaló en Chicago y llegó a tocar con Dee Johnson o Sammy Price. Después de desaparecer del panorama musical, y gracias a Louis Armstrong, reapareció en la década de los 40 y se le atribuyó un renacer de la música de Nueva Orleans más clásica.

Johnny St. Cyr

Nueva Orleans, 1890. Fue uno de los primeros músicos de jazz que utilizó un instrumento de cuerda. Su formación musical comenzó con algo parecido a una guitarra de fabricación casera. Hasta que se estableció en Chicago, tras la Gran Migración, trabajó en la Fate Marable, una banda que tocaba a bordo de los barcos de vapor. Ya en Chicago su fama fue en aumento y terminó grabando con King Oliver y Armstrong (formó parte de los míticos Hot Five y de los Hot Seven). En ese momento tocaba un híbrido de seis cuerdas combinando elementos de la guitarra y el banjo. Además, fue miembro de la Red Hot Peppers bajo las órdenes de Jelly Roll Morton.

G. Ramírez

 


¿Os acordáis de los CDs de mezclas que grabábamos de adolescentes? Bueno, a algunos esto os parecerá algo de una galaxia muy lejana y sonreiréis, otros tendréis que leer la frase tres veces y quizás os acordaréis, y a otros probablemente os suene a marciano y lo buscaréis.  En la pantalla del móvil, os aparecerá  aquella circunferencia plana similar a las 25 pesetas, perdón, a un donut y quizá os deje más confundidos todavía.

Lo explico, para los que no lo sabéis.  El CD de mezclas contenía tus canciones favoritas, pasabas horas descargando, seleccionando, ajustando el orden, para grabar en aquel circulo tus 15 - 20  artistas preferidos; sí, teníamos que elegir. Cada canción tenía que ser especial en el momento de crear el CD: era esa fiesta o aquel viaje con amigas, ese beso, el vestido nuevo con el que bailaste enfrente del espejo, la primera gran ruptura… Era un mensaje a veces encriptado o a veces no tanto para quien lo recibía o como dicen los anglosajones a ‘trip down to memory lane’ para uno mismo.

Ahora que ya lo he explicado, ahí va una canción de mi CD:

La brisa de verano hace bailar las monedas de mi bolsillo, recordando el café que, entonces, no nos podíamos permitir, y que tras aquella noche que terminaba solo un par de horas antes, tanta falta nos hacía.

Los barcos, durante meses vacíos, llenan los canales, y si escuchas bien puedes oír la orquesta de botellas de champán mientras se abren acompañados de aplausos y risas. 

Las bicicletas atraviesan el parque, esta vez sin prisa,  al ritmo del tintineo del contenido de  las bolsas para celebrar este día que invita a ponerse, por fin, esa falda y ese crop top de rayas que tanto me gusta.

Cojo sus gafas de sol, lleno de humo mis pulmones mientras mi cuerpo se funde con el césped y SOJA nos da un concierto privado a través de la pantalla rota de su móvil.  Cierro los ojos y siento como dos hormigas me recorren las piernas, están muy blancas, tanto que me recuerdan el tiempo que llevo lejos de mi Mediterráneo y que es hora de volver y despedirse de esta utopía llena de tulipanes.  Dejo que el humo recorra mi mente una vez más y esa sensación tan familiar disipe a  la señora realidad que lentamente se está haciendo un hueco y esta vez es para quedarse.

Apoyo la cabeza sobre sus piernas y le pregunto What are we doing today? , porque él es de los de por ahí  arriba, me mira y por primera vez esas tres palabras salen de su boca y le beso. Me encanta cuando sus besos saben a humo, me recuerdan a la noche anterior, a cómo se nos aceleraba el cuerpo, a cómo la música nos impide movernos de la pista, a el dolor de los pies cuando encienden las luces de la discoteca, al olor de su chaqueta que me pasa por los hombros de vuelta a su cama.

Todavía no estoy muy segura de por qué, pero sé que este  beso al ritmo de SOJA es para el CD. En ese parque, enfrente de ese canal, bajo el sol que se siente tan distinto al de casa. Las horas largas tras la pantalla no existen todavía, las facturas son de dos dígitos, no hay proyectos, ni evaluaciones, ni ascensos, no hay prisa ni hay planes…  It’s just you and me, el humo y los tulipanes.

Helena García

 

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