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Dos minutos, cuarenta segundos y una trompeta


Más de siglo y medio después de su estreno original, ‘El Potosí Submarino’ vuelve a la vida en el Teatro de la Zarzuela en una producción que no se conforma con desempolvar una rareza del repertorio. En lugar de intentar petrificarla como pieza de museo, Rafael R. Villalobos la traslada a la España de 1993 —“el año de la resaca”, según dice el programa de mano— y la convierte en un espejo distorsionado pero reconocible donde se reflejan los excesos, delirios, ambiciones y miserias del país. Bajo la batuta de Iván López Reynoso, esta zarzuela cómico-fantástica de Arrieta y García Santisteban se transforma en un espectáculo irreverente, excesivo, descarado y sorprendentemente actual.

La intención del maestro Villalobos queda clara desde el primer instante: recuperar el espíritu satírico de los Bufos Arderíus —auténticos agitadores de 1870— y traerlo al lenguaje, al humor y a la estética de finales del siglo XX. El resultado es una versión llena de referencias culturales, políticas y mediáticas que enmarcan la obra en un momento histórico donde España oscilaba entre el ideal de modernidad europea y la resaca moral de la corrupción, el pelotazo y el espectáculo televisivo. Y lo más llamativo es que, pese a tratarse de los noventa, todo suena profundamente cercano a 2025.

Una trama de codicia que nunca pasa de moda

La historia gira en torno a Misisipí, un estafador de manual que promete riquezas submarinas imposibles. Convence a media sociedad de invertir en un proyecto inexistente mientras seduce, manipula y embauca con un descaro fascinante. El público comprende desde el inicio que todo es un timo; los personajes tardan bastante más. Esa mezcla de ingenuidad colectiva y ambición desmedida es el corazón de la obra.

En esta versión, el retrato social adquiere tonos de tragicomedia acelerada: empresarios ingenuos, políticos oportunistas, inversores que escuchan solo lo que quieren oír, vedettes que conocen los secretos de todos, y un Cardona que, como líder indignado de los accionistas engañados, intenta rebelarse cuando la mentira ya es demasiado grande para ignorarla. A su alrededor orbitan personajes tan pintorescos como el dueño de una cervecera Pale Ale —símbolo de esa España donde cualquiera se convertía de repente en experto financiero— y un enjambre de figurantes que representan a un país entregado al autoengaño.

España, 1993: un país que se miraba en la tele

Villalobos inserta la acción en un universo saturado de referencias pop que el público reconoce con carcajadas: Rafaela Carrá, Alaska, Mario Conde, Bárbara Rey, el Rey Juan Carlos, Nueva Rumasa, Isabel Preysler, Miguel Bosé… No son menciones gratuitas, sino puntales que reconstruyen un imaginario colectivo donde la política, la prensa del corazón, el dinero fácil y la frivolidad convivían sin disimulo.

La vedette inspirada en Bárbara Rey, vestida de blanco nuclear y convertida en confidente de millonarios y políticos, actúa como una especie de “hemeroteca humana” del país. Las otras dos vedettes, que funcionan casi como prostitutas del bar donde se cruzan los chismes más jugosos, añaden picante, humor y un aire de cabaret decadente que encaja perfectamente con la estética noventera.

La sensación es la de asistir a una zarzuela que se nutre, sin pudor alguno, de la televisión de la época: del morbo, del escándalo, del brillo exagerado y de esa mezcla española de cinismo, glamour y miseria.

Personajes desconcertantes: cuando el exceso devora la coherencia

Uno de los comentarios más repetidos entre los espectadores durante los entreactos era que algunas escenas resultaban difíciles de seguir. La producción abraza el caos narrativo como parte de su identidad, pero eso deja a veces agujeros de comprensión que desconciertan.

El caso más destacable es el del joven “niño bien”, ese chico con polo claro, jersey atado al cuello y porte de pijo con pedigree. Empieza como un pardillo amable, educado e ingenuo, pero sin explicación transicional se convierte en un cabaretero desatado, en tacones, maquillado, semidesnudo, con enormes collares de perlas y actitud provocadora. Es un giro divertido y muy celebrado, pero tan abrupto que parece un sketch incrustado, más que un arco dramático.

Algo parecido sucede con otros personajes secundarios que aparecen y desaparecen sin razón aparente, o con escenas que parecen diseñadas para la estética antes que para la comprensión. El resultado es un espectáculo dinámico, vibrante y lleno de sorpresas, pero también irregular en claridad.

Escenografía: del exceso visual a los cimientos rotos

Mucho del encanto de esta producción reside en su escenografía híbrida, construida en un cincuenta por ciento con materiales reutilizados del propio teatro. Es una decisión estética y ética: una obra sobre la especulación y el derroche exhibe, paradójicamente, un compromiso con la sostenibilidad y el reciclaje. Y funciona.

Los ambientes se mueven entre despachos académicos, bares de mala muerte, salones ostentosos, escenarios cabareteros y un telón de neón colosal donde la palabra POTOSÍ aparece en letras blancas y frías, como anuncio de una mentira luminosa.

La imagen final, con columnas derribadas, estructuras rotas y el escenario convertido en un paisaje de ruinas modernas, es especialmente potente. Pareciera decir: todo esto —la política, la economía, el país, la sociedad— siempre ha estado construido sobre pilares resquebrajados.

El paralelismo con el presente: España, siempre España

Lo más inquietante de esta versión no es su ambientación noventera, sino que parece hablar directamente de hoy. La crítica social es tan afilada y tan reconocible que cuesta no mirarse en el espejo.

Fraudes financieros, líderes carismáticos que venden humo, ciudadanos que prefieren creer una fantasía antes que enfrentarse a la realidad, élites que se enriquecen sin pudor mientras otros trabajan… todo resuena demasiado.

La ironía se completa al salir del Teatro de la Zarzuela: basta caminar unos metros hacia la derecha para encontrarse con el Congreso de los Diputados, donde cada semana se escenifica un circo no tan distinto al que se ve en escena. Y da igual si la pista está pintada de azul o de rojo: siempre acaban lucrándose los mismos de siempre, mientras el público —nosotros— aplaudimos, nos indignamos o hacemos como que no vemos.

Esta paralela tan evidente no convierte la obra en panfleto; al contrario: Villalobos evita la moralina y elige la sátira, la carcajada, el exceso y la metáfora. Y ahí reside su fuerza.

El nivel vocal: la verdadera joya de la producción

Si algo brilla con absoluta rotundidad en ‘El Potosí Submarino’ es su nivel vocal excepcional. Más allá de la estética, de los guiños, de la narrativa fragmentada o de las licencias escénicas, la grandeza de este montaje se sostiene en el escenario gracias a intérpretes extraordinarios.

Misisipí, el estafador protagonista, ofrece una presencia vocal arrolladora. Su voz llena la sala con potencia y elegancia, aportando profundidad teatral a un personaje que podría quedarse en caricatura si no fuera por la magnificencia con la que lo canta.

La intérprete inspirada en Bárbara Rey es un auténtico descubrimiento: voz cálida, brillante, flexible, con un dominio técnico que le permite alternar sensualidad, comicidad y lirismo sin perder coherencia.

Cardona, el indignado líder de los accionistas, destaca por su firmeza vocal, su fraseo controlado y su capacidad para navegar entre lo bufo y lo heroico. Ofrece uno de los mayores momentos de autoridad musical.

Y Celia, la hija del dueño de la cervecera Pale Ale, es sencillamente una joya: claridad tímbrica, línea impecable, afinación cristalina. Cada intervención suya aporta un equilibrio exquisito entre dulzura y solvencia escénica.

La orquesta, dirigida por López Reynoso, está soberbia: ágil, luminosa, limpia y con un fraseo fresco que respeta a Arrieta sin fosilizarlo. El coro, por su parte, es un motor escénico impresionante. Juntos forman una base musical tan sólida que permite al espectáculo arriesgar visual y teatralmente sin perder calidad.

Un público dividido, como era de esperar

El estreno dejó patente que esta producción no deja indiferente a nadie. Hubo carcajadas constantes, aplausos entusiastas, murmullos de reconocimiento ante las referencias pop… pero también incomodidad entre los espectadores más puristas, aquellos que quizá esperaban encajes, abanicos, mantones y decorados decimonónicos.

En su lugar, encontraron travestis, neones, cabaret queer, sátira política y un estallido visual que rompe cualquier idea preconcebida de lo que “debería” ser una zarzuela. Pero la zarzuela, desde sus orígenes, ha sido justamente esto: sátira, burla, crítica social, costumbrismo exagerado y una buena dosis de provocación.

En cierto modo, Villalobos devuelve la zarzuela a su esencia más pura, aunque el envoltorio resulte moderno.

Conclusión: una zarzuela necesaria para un país que nunca aprende

‘El Potosí Submarino’ es un espectáculo imperfecto, arriesgado, excesivo, a ratos desconcertante, y precisamente por ello vivo. Sus personajes pueden despistar, su narrativa puede flaquear en claridad, algunas escenas pueden parecer caprichosas, pero su energía, su sátira feroz, su humor desvergonzado y su lucidez crítica lo convierten en una experiencia teatral poderosa.

La obra resucita el espíritu bufo del siglo XIX y lo mezcla con el circo mediático y político de los noventa para recordarnos que España, por mucho que cambie de decorado, sigue siendo la misma función: un país que tropieza una y otra vez en su propia soberbia, en su fascinación por el dinero fácil y en su incapacidad de aprender de los engaños.

Y, sin embargo, también un país que sabe reírse de sí mismo.

Entre los neones, los cabarets, las vedettes, los estafadores y los accionistas indignados, El Potosí Submarino demuestra que la zarzuela puede seguir siendo un género capaz de incomodar, divertir, interpelar y —sobre todo— reflejar. Su fuerza está en esa mezcla de irreverencia y verdad incómoda.

Y cuando, al final, el escenario queda convertido en ruinas, queda claro que el naufragio que denuncia la obra no es solo el del fondo del mar… sino el de un país entero que sigue buscando un “Potosí” que nunca existió.

María Sanz Sauco


 

El veranillo del membrillo invita a ocupar los espacios públicos de la ciudad, abiertos o cerrados, públicos o privados. Madrid se ha llenado de turistas de forma permanente, parece que nunca vayan a faltar en cualquier rincón de sus calles. Y los que vivimos aquí, buscamos refugios lejos de la masificación exagerada. Uno de ellos es el Teatro de La Zarzuela, un lugar lleno de encanto.

Creo que la crítica musical debe centrarse en lo mejor de la oferta de un ciclo o de lo que ofrece en el ámbito cultural una ciudad; se trata de animar a que el espectador acuda a las salas en las que suceden cosas de interés y no de incidir en lo malo de una propuesta u otra. En los tiempos que corren parece que es más divertido leer una mala crítica o una crónica repleta de mala baba, pero lo importante es señalar lo bueno para que se pueda esquivar lo malo. Ahora bien, a veces los críticos que pensamos de este modo lo tenemos muy difícil.

Ha arrancado la temporada en el Teatro de La Zarzuela y sobre el escenario se representa, desde el 1 de octubre al 19 de octubre, ‘Pepita Jiménez’, con música de Isaac Albéniz y libreto de Francis Burdett Money-Coutts (‘Pepita Jiménez’ es una novela de Juan Valera en la que se basa ese libreto). Pero se representa la versión de Pablo Sorozábal (tanto música como libreto) en tres actos. La ópera de Albéniz ha sido muy manoseada desde que vio la luz, no es ni mucho menos perfecta, aunque la música está trufada de aromas folclóricos, de un nacionalismo que no se disimula y de un permanente homenaje a Richard Wagner. La música de Albéniz es siempre agradable, conmovedora y evocadora; todo lo contrario al mimo con el que miraba al componer lo que tendrían que hacer los cantantes en el escenario, porque la exigencia para ellos es, en algunos momentos, muy intensa, casi dolorosa.

Es por ello por lo que la labor del reparto que interpreta ‘Pepita Jiménez’ parece pasar un calvario de principio a fin, especialmente ellas. La soprano Ángeles Blancas (Pepita Jiménez) no termina de afinar con exactitud en ninguna de sus intervenciones; los tránsitos hasta las zonas más agudas se convierten en un camino tortuoso y abrupto (por si era poco, el director de escena coloca un par de veces a la cantante tumbada boca arriba y con la cabeza colgando al borde de una cama). Para ser justos, he de decir que desde el punto de vista actoral no puede reprocharse nada. Incómoda y dando la sensación de estar algo al margen del foso. Cristina Faus (Antoñona) se ve sepultada por la música y el espectador se ve obligado a imaginar lo que sucede, lo que dice. También se defiende desplegando el arco dramático no siendo suficiente ese esfuerzo. Ambas, aunque especialmente la señora Blancas, mostraron un problema de dicción acusado. Sin los sobretítulos era imposible seguir el hilo de la ópera.

El tenor Leonardo Caimi (Luis de Vargas) mucho mejor, pero (en esta producción todo se llena de peros) en el tercer acto se ve obligado a atender más a la encarnación del personaje que a cantar bien. El reparto cumple y poco más. Lo mejor, sin lugar a dudas, es el trabajo del Coro del Teatro de La Zarzuela, dirigido por Antonio Fauró. Ese coro no falla casi nunca.

La puesta en escena no logra recrear el ambiente de un pueblo andaluz en el que se desarrolla la acción y busca matices en los personajes que tampoco aparecen por ningún lado. Una estructura metálica que el escenógrafo Daniel Bianco pone a girar en el escenario debería representar la cárcel en la que se ha convertido la realidad para los personajes (es muy evidente, ya lo sabemos gracias al libreto; y es una herramienta escénica, muy gastada en un buen número de producciones) aunque, en realidad, esa estructura sirve para ensuciar el sonido que llega del foso con el ruido chirriante del metal en movimiento. La puesta en escena de Giancarlo del Monaco no logra nada de lo esperado.

En el foso, Guillermo García Calvo, parece olvidar que sobre las tablas cantan pasando las de Caín y llega a elevar el tono más de la cuenta (en todos los sentidos) haciendo imposible cualquier intento de destacar por parte de los solistas.

Dicho todo esto, da gusto acudir un año más al Teatro de La Zarzuela. Alguna producción puede ser algo más floja, pero siempre es ese lugar en el que los aficionados podemos refugiarnos, sea la época del año que sea.

G. Ramírez

‘Patagonia’ es una ópera de cámara en dos actos. La partitura la firma Sebastián Errázuriz y el libreto Rodrigo Ossandón. Y es una de las sorpresas de la temporada para el que escribe. Se trata de una obra robusta, deliciosa al oído, con cierta consistencia narrativa debido a un texto que escapa de lo superficial y el apoyo de esa partitura que envuelve todo casi con mimo. ‘Patagonia’ se estrenó en el Teatro del Lago de Chile el año 2022 y el Nacional Cervantes de Buenos Aires en 2023. Ahora, se ha estrenado en el Teatro de la Zarzuela los días 21, 22 y 23 de febrero y es una pena que la platea no estuviera abarrotada.

El propio Sebastián Errázuriz ha sido el director musical en cada una de las tres funciones. El día del estreno, delicado, siempre acompañando a los cantantes, haciendo presentes todos los matices que encierra la partitura. Los solistas de la Orquesta de la Comunidad de Madrid (que es la titular del Teatro de la Zarzuela) ponían todo de su parte para que la música fuera la gran triunfadora de la representación. Francamente bien Errázuriz.

Durante los setenta minutos de función, el público viaja hasta la Bahía de San Julián en la Patagonia, hasta el año 1520, para conocer a los habitantes de aquellas tierras que terminaron siendo conocidos como patagones por su gran altura. Magallanes, Juan de Cartagena, Antonio Pigafetta, Xorenken o Golenkon, serán algunos de los personajes que acompañen en la aventura que vive la platea. Dos mundos se encuentran y, por supuesto, colisionan (si el ser humano está involucrado siempre se colisiona), lo ancestral frente a una modernidad despegada de la realidad, el amor frente a la falta de sentimientos. Interesante desde el principio.

Evelyn Ramírez (mezzosoprano) dejó patente que arrastra un importante problema de dicción y eso desmereció su trabajo. Encarnaba a Golenkon y no terminó de convencer. Sin embargo, Marcela González  (soprano) defendió con mayor solvencia su papel como Xorenken. Bien en las zonas más altas, controlando siempre los momentos más exigentes y muy bien en los tránsitos. Nicolás Fontecilla tampoco mostró la mejor de las dicciones aunque, en general, salvó su participación sin grandes problemas (es tenor y encarnó a Antonio Pigafetta); y Sergio Gallardo (bajo barítono) interpretando el papel de Juan de Cartagena está correcto, sin más.

‘Patagonia’ es una buena obra que si contase con voces de primer nivel podría alzarse sobre cualquier escenario del mundo.

La puesta en escena de Marcelo Lombardero es limpia y casi quirúrgica. Aprovecha los telones del escenario con enorme eficacia y los movimientos de personajes o material sobre el escenario siempre está ordenado y ayuda a seguir la trama. Sencilla, atractiva y minimalista. Otro de los grandes aciertos de la producción.

Dicho todo esto, es posible que esta sea una ópera que se quede corta para los aficionados más experimentados o para una crítica que solo comprenda la grandeza como ingrediente único e insalvable en las óperas. Se entiende bien, se escucha bien y aporta un intento reflexivo que no se puede menospreciar. ¿Es esto algo que convierta una obra en mediocre?

A pesar de las pequeñas sombras que las voces dejaron de iluminar, la producción es estupenda y debería programarse más en los teatros españoles. Una apuesta segura del Teatro de la Zarzuela que ha vuelto a acertar.

Música de Sebastián Errázuriz. Libreto de Rodrigo Ossandón. Reparto: Evely Ramírez, Marcela González, Nicolás Fontecilla, Sergio Gallardo, María Paz Grandjean, Francisco Arrázola, Manuel Páez. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección de escena y dramaturgia de Marcelo Lombardero. Dirección musical de Sebastián Errázuriz. Lugar Teatro de la Zarzuela Fecha 21 de febrero.

G. Ramírez

En el centro, Jorge Rodríguez-Norton (José). / Fotografía de Elena del Real

El invierno en Madrid es duro, largo y hostil. Si además del frío aparece la lluvia para dar una mano de gris marengo a las calles, la ciudad se convierte en un espacio difícil. Esa lluvia solo es cómoda al pintar las primeras pecas en el asfalto. Llueve aunque siempre nos quedan los teatros convertidos en refugios. Lo digo muy a menudo. Teatros, museos o salas de cine convertidos en esos lugares en los que sobrevivir hasta que aparecen las primeras flores. Ahora, llueve en Madrid. Ahora, hace frío en Madrid.

Celebrar la vida es algo que se nos olvida con frecuencia. Nos tomamos las cosas demasiado en serio, mucho. Sobre todo a nosotros mismos. Se nos está olvidando sonreír, bromear sin tapujos, poner en duda lo grandioso con humor, con fina ironía. Y es por eso por lo que deberíamos acercarnos más al teatro, a la ópera, a la zarzuela o a cualquier manifestación artística; el arte nos permite explicarnos el universo y nos coloca en lugares retirados de nuestro día a día, casi siempre rodeado de buenas vibraciones y diversión. Es una pena que nos hayamos convertido en carne de redes sociales, de bulos, de una filosofía de vida que olvida la alegría como esencial y de, sobre todo, nosotros mismos.

El Teatro de la Zarzuela de la capital se ha envuelto en ironía, atrevimiento y buen humor. Desde este 29 de enero hasta el próximo 16 de febrero. Asisto al primer día de representación de una de las obras más rompedora, transgresora y divertida de la historia de la música cañí. ‘La corte de Faraón’, una opereta bíblica y sicalíptica según los autores del libreto (Guillermo Perrín y Miguel Palacios) y el compositor de la partitura, Vicente Lleó.

Enrique Viana (Sul). / Fotografía de Elena del Rosal

‘La corte de Faraón’ se estrenó el año 1910, causó sensación, un gran revuelo y enormes cambios en la idea que hasta entonces se imponía sobre lo que debía ser el teatro musical (tal vez el teatro en general). No es extraño tanto alboroto porque la partitura es una maravilla y el libreto se atreve a indagar en lugares que, todavía hoy, son tabús en buena parte de la sociedad. Se suma en la obra opereta europea, cuplé y música castiza. El terceto de ‘las viudas de Tebas’, el cuplé del babilonio o el garrotín son ejemplos muy arraigados en la memoria popular y absolutamente representativos de lo que es ‘La corte de Faraón’. Ahora, el Teatro de la Zarzuela nos acerca una producción del Teatro Arriaga, del Teatro Campoamor y de Teatros del Canal estrenada en 2012.

La puesta en escena es sencilla, todo discreto oropel (si es que este oxímoron se me permite). El tránsito de los distintos cantantes, de los bailarines y de los miembros del coro, está ordenada con sumo cuidado y no se convierte en una molestia para el espectador. Y así, Emilio Sagi, director de escena, extrae petróleo de muy poca cosa. Todo práctico, todo inteligencia, todo ganas de divertir y agradar.

La dirección musical es sólida. El maestro Carlos Aragón entiende a la perfección la partitura y logra arrancar a la Orquesta de la Comunidad de Madrid el mejor de sus sonidos. La batuta de Aragón logra momentos chispeantes, instantes casi impetuosos y, sobre todo, destaca por el cuidado en el acompañamiento de los cantantes.

‘La corte de Faraón’ fue calificada como sicalíptica desde su estreno. Según la RAE, eso significa malicia sexual y picardía erótica. Y para que una opereta de carácter bíblico (ya en el título se habla de Faraón y no del faraón como se puede leer en el Antiguo Testamento) y sicalíptica no desembarque en el mal gusto o más allá de las fronteras de un tono amable, divertido y festivo, debe ser interpretada por cantantes que, además de la voz más poderosa que sea posible, desplieguen un arco dramático que les permita encarnar personajes gamberros, algo disparatados y picantes (¡Picante! Así decía que era la obra mi compañera de butaca, una mujer mayor que se lo pasó bomba con la representación. Hacía años que no escuchaba ese adjetivo en un contexto teatral). En este sentido, todos los cantantes que aparecen en escena se acoplan de mil amores a su papel.

María Rey-Joly (Lota) y Jorge Rodríguez-Norton (José). / Fotografía de Javier del Real

Gustó María Rey-Joly (Lota) que, sin una voz enorme, defendió su trabajo con gracia, delicadeza y un punto vacío de vergüenza que se agradece. Algo descontrolada en la zona más aguda del registro. Jorge Rodríguez-Norton (José) llena buena parte del escenario cuando aparece. Tan discreto como correcto al cantar. El trabajo de Luis Cansino (el Gran Faraón) es compacto y rotundo; las horas de vuelo de este intérprete le convierten en un valor seguro sea lo que sea que se represente. Y María Rodríguez (Reina) y Annia Pinto (Raquel) están estupendas en todos los aspectos. El resto del reparto cumple bien, sin grandes alharacas, pero bien.

Y gustó mucho Enrique Viana (Sul) con el cuplé más famoso de la obra (Ay, Ba… Ay, Ba… Ay, Babilonio que marea…). Puso la platea en movimiento sin resistencia alguna, consiguió que se escucharan las risas con fuerza y dejó bien claro por lo que esta obra es una de las más representadas de la historia del teatro musical español (si no la que más), dejó bien claro que las intenciones de la obra se arriman a la diversión y a convertir en una fiesta la vida. ¡Qué cosa tan divertida, por favor!

El teatro es vida, la música es vida, ‘La corte de Faraón’ también lo es. Y la lluvia que ya no estaba al acabar la función.

G. Ramírez

Fotografías cortesía de la CND.

Madrid está vestida de gala. Las calles iluminadas por millones de bombillas se ven preciosas y los visitantes las pasean asombrados. El Teatro de la Zarzuela de Madrid, a la orilla del resplandor navideño, se va llenando de aficionados a la danza, aficionados que esperan comprobar que la Compañía Nacional de Danza se va consolidando poco a poco. 

Veo la función con una joven americana  del estado de Maine a mi derecha (Katherine) que entiende perfectamente lo que le cuentan en el escenario. Habla con muchas dificultades el castellano, pero en la danza no hay idiomas; al contrario, es el lenguaje universal desde que el hombre es hombre y quiso expresar una idea. Da igual ser de Maine o de Toledo como yo mismo para poder disfrutar de la danza, del arte.

‘La Sylphide’ es un ballet romántico en el que se habla de la necesidad de amar y de lo costoso que es hacerlo si es que alguna vez se consigue; habla de lo que todo el romanticismo habló que no es otra cosa que la contraposición de lo bello y lo doloroso; habla de un destino marcado siempre por lo que somos capaces de arriesgar. Y es, sobre todo un ballet precioso que gusta a todo aquel que se arrime a él.

‘La Sylphide’ lo firmó August Bournonville, un danés que amaba la música sobre todas las cosas y la entendía como cimiento para cualquier forma de danzar, para pensar cualquier coreografía. Bournonville fue bailarín, coreógrafo y maestro de ballet.

La Compañía Nacional de Danza, dirigida por Muriel Romero, nos acerca, con mucho tino, la obra que se representará en el Teatro de la Zarzuela de Madrid hasta el próximo 22 de diciembre.

La puesta en escena de Petrusjka Broholm, danesa como Bournonville, se ciñe a lo que podríamos definir como representación clásica de la obra que, por tanto, trata de ser fiel a la idea de su creador. Ya montó en 2023 esta misma obra para su estreno por la Compañía Nacional de Danza y, ahora, regresa para reponer la producción. Se trata de una puesta en escena precisa, económica en cuanto a elementos irrelevantes, y clara para el espectador que puede atender a los bailarines sin tener que centrar el foco en otros aspectos mostrados en el escenario. La narrativa del ballet es clara, casi quirúrgica, y la puesta en escena hace que resalte y pueda ser comprendida por cualquier tipo de espectador. Se consigue que en el escenario se traduzca con detalle lo que la partitura de Herman Severin Løvenskiold dice al tiempo que los bailarines expresan. Es una puesta en escena muy inocente, muy amable.

Los bailarines de Muriel Romero muestran una muy buena preparación técnica. Todo fluye en el escenario sin que apenas notemos que estamos ante una compañía de danza. Si bien es cierto que el nivel es bastante homogéneo, destacan Giada Rossi (elegante, sensual y evocadora al expresar corporalmente) y Felipe Domingos (un torbellino de tremenda fuerza física y una técnica que, aunque mejorará con el tiempo, promete cosas más que importantes). Yanier Gómez Noda, que estuvo bien, cometió un par de errores que deslucieron su trabajo, dos pequeñas cosas que, aunque sin gran importancia, no pueden producirse en el nivel que se exige a la Compañía Nacional de Danza. El resto de bailarines hicieron un trabajo serio y más que notable.

La tarde de danza fue espléndida con el teatro lleno (se colgó el cartel de ‘no hay billetes’). El frío de Madrid esperaba en la calle al terminar la función. El frío y, también, el bullicio que anuncia la Navidad en la capital y ese aroma a belleza que solo una ciudad como Madrid es capaz de desprender a cualquier hora y en cualquier momento.

G. Ramírez

 

Joselu López, Rocío Faus, Ángel Ruiz, Beatriz Díaz y David Menéndez. / Foto: Javier del Real

Teatro de la Zarzuela de Madrid. Son las siete y media de la tarde (más tres). Comienza la función. La platea está llena. Personas mayores, casi todas. Jóvenes, muy pocos. Una pena que no se logre hacer partícipe a la gente joven de lo que ha sido y es; de lo que representa, desde hace decenas de años,  la zarzuela en la sociedad española; partícipes de una belleza musical, vocal y teatral descomunal; partícipes de la diversión que siempre llega desde las tablas sobre las que se representan estas obras. Pero público no falta, al contrario en la taquilla lucía un bonito cartel anunciando que no había ni una localidad libre.

‘La del manojo de rosas’ es un sainete lírico -en dos actos y seis cuadros- que gusta mucho a los aficionados desde que se estrenó hace noventa años. Fue un martes y trece del mes de noviembre de 1934. En ese momento nadie daba un duro por el sainete como fórmula de éxito y el maestro Pablo Sorozábal demostraba que las cosas bien hechas siempre tienen posibilidades. ‘La del manojo de rosas’ no deja de ser un pequeño milagro que se abrió paso en una sociedad que corría hacia la modernidad más rompedora, una prueba de que adaptar ‘lo de antes’ a ‘los nuevos tiempos’ puede funcionar de maravilla.

Francisco Ramos de Castro y Anselmo Cuadrado Carreño, autores del libreto, habían ofrecido el texto a Federico Moreno Torroba aunque no tuvieron suerte con el compositor. Moreno Torroba no logró escuchar la música que pudiera acompañar aquel libreto. Posteriormente, Sorozábal dijo que sí aunque no antes de conseguir permiso para eliminar momentos determinados y añadir alguna cosa a su gusto. Sorozábal quería escribir un sainete que sirviera de homenaje al pueblo de Madrid y no una comedia ligera al uso de la época; Sorozábal buscaba un sainete que fundiera el baile moderno, el espiritismo, la diferencia entre clases sociales y una situación económica imposible de prever a corto o medio plazo porque esos eran ingredientes esenciales que aderezaban la sociedad madrileña en la que, también, la mujer se había incorporado al trabajo, al mundo de la cultura; en la que la mujer había conseguido derechos fundamentales con gran esfuerzo. La libertad y la igualdad, un aderezo enorme en el sainete de Sorozábal, era algo fundamental para las mujeres de aquellos años, ideas que poco después se vieron reducidas a la nada. Las mujeres que se habían sentido urbanas, trabajadoras de pleno derecho y proletarias, serían condenadas años después a ser amas de casa, no pisar la universidad y ser discretas con sus reivindicaciones. Así fue salvo excepciones. Por eso los personajes femeninos de ‘La del manojo de rosas’ no dan un paso sin pensar en su propia libertad, ninguna está dispuesta a ceder ante cualquier hombre que no cumpla con los requisitos que creen necesarios en un hombre.

Sorozábal plantea dos triángulos amorosos en los que las diferencias económicas (Joaquín, Ascensión y Ricardo) o las culturales (Capó, Clarita y Espasa) serán las que ordenen las relaciones. Y los cantables (en muchos casos, muy bailables) se desarrollan en forma de romanzas, chotis, una farruca o el divertidísimo foxtrot ‘Si tú sales a Rosales’, entre otras formas.

La producción que se representa, ahora, en el Teatro de la Zarzuela se estrenó en 1990. Esa versión escénica de Emilio Sagi sigue siendo actual, precisa y preciosa. Por ejemplo, la primera estampa que dibujan los bailarines-figurantes quedando congelados ya es una declaración de intenciones; y es que Sagi quiere retratar una época, quiere dibujar un tipo de vida que solo en Madrid se podía perfilar en aquellos años, una idea coincidente con la del propio compositor. El tránsito de personajes es tan abultado como ordenado y no dificulta el entendimiento de la acción. Bien el vestuario, bien la iluminación, bien las coreografías.

La maestra Alondra de la Parra. Foto: Elena del Real

En el foso, la maestra Alondra de la Parra, aportó delicadeza, una lectura pausada de la partitura en la que la percusión sonó refinada (muy importante en esta obra) y el conjunto robusto y solvente. La dirección de Alondra de la Parra fue muy aplaudida, cosa que, por otro lado, no fue ninguna sorpresa puesto que la carrera de esta mujer ya está consolidada de sobra y es una muestra de la necesidad (sí, necesidad) de una mayor presencia femenina en las direcciones musicales.

La representación no pasará a la historia por el nivel vocal de los cantantes. No es que cantasen mal, pero no lograron emocionar, ni demostraron nada del otro mundo. David Menéndez (Joaquín) correcto y solo correcto; Beatriz Díaz (Ascensión) correcta y muy limitada por una voz más bien pequeña; Gerardo López (Ricardo) monótono, sin saber sacar partido a su personaje; Joselu López discreto cantando y algo mejor encarnando a su personaje; y Rocío Faus (Clarita) correcta de voz y muy divertida desplegando el arco dramático que le tocaba; esta cantante es joven y tiene posibilidades de llegar muy lejos si se prepara a conciencia porque facultades no le faltan. Por su parte, Ángel Ruiz, estuvo bien y, sobre todo, chispeante haciendo de Espasa.

Sea como sea, la tarde fue agradable, amable, divertida y casi entrañable. Porque ‘La del manojo de Rosas’ es una obra agradable, amable, divertida y casi entrañable. Y eso no es poca cosa.

Ay, si los jóvenes se decidieran por acudir a la cita con estos clásicos…

G. Ramírez

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BIENVENIDOS

¡Ya estamos aquí! Y sólo necesitamos de dos minutos y cuarenta segundos de tu tiempo; lo suficiente para llamar tu atención y conseguir que te quedes por aquí un rato más. Jazz, ópera, danza, teatro y televisión serán los temas sobre los que todos diremos aquello que nos parezca pertinente. Lo impertinente nos lo podemos ahorrar. ¡Qué ganas tenía de tenerte tan cerca!

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