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Dos minutos, cuarenta segundos y una trompeta

 


Llovía a mares en Madrid a la misma hora que comenzaba uno de los mejores conciertos a los que se puede asistir en la actualidad si se busca jazz, funky, rock, chispas de rap o pizcas de country. Sobre el escenario del ‘Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa’ Víctor Wooten y sus hermanos para convertir el lugar en una locura musical. 
Una pregunta que suelo hacerme, después de un buen concierto de jazz, es por qué el personal no se pone a bailar sin problemas si es que lo pide la música. Un concierto de jazz en silencio completo, sin mover los pies o los brazos y sin expresar el sentimiento que hace florecer la música, es extraño. Tal vez algo estéril. Ayer, esa pregunta me la tuve que hacer durante hora y media puesto que parecía imposible que la gente no se levantara para bailar. Casi al finalizar, algunos jóvenes ya no pudieron aguantar más y en un tema con una carga de funky descomunal y arrolladora se levantaron y se dejaron llevar por las fusas, corcheas y redondas, por los compases contabilizados por Víctor Wooten, por una base rítmica robusta y exacta o la improvisación de unos músicos extraordinarios por muchas razones. Sumar a la música la danza es algo que el ser humano siempre hizo de forma natural. La expresividad siempre ha sido necesaria para el ser humano, para entender lo que le sucede y hacer comprender eso mismo a los demás. Por eso, entre otras cosas, existe la música o la pintura o la literatura. Sin explicar nuestro relato colectivo e individual no podríamos seguir adelante. Por eso convendría bailar al escuchar esa música que no nos permite dejar de seguir el ritmo con los pies. 
Los hermanos Wooten son, por separado, unos músicos de calidad contrastada y reconocida de forma unánime entre la crítica y los aficionados al jazz. El más joven de ellos ha sido señalado como uno de los mejores bajistas de la historia por la revista Rolling Stones. Y no es para menos porque el instrumento en manos de este hombre se convierte en un objeto mágico, en un instrumento que puede liberar sonidos que uno no sabe que existen. El swing de Víctor Wooten es milimétrico, el sentido del ritmo exacto y la intensidad que alcanza cada compás, si Víctor Wooten está a los mandos, es muy difícil de explicar. El fraseo de este bajista es original, el lenguaje que explora es siempre novedoso, la improvisación sorprende por su claridad y solidez. En fin, un verdadero espectáculo. Roy, uno de los hermanos mayores (Future Man es su apodo) es un baterista formidable. No se arruga si tiene que levantarse para colocarse frente al micrófono y cantar con buen timbre y afinación. Y si se levanta con el instrumento que él mismo inventó colgado del hombro (‘drumitar’ de llama el instrumento con forma de guitarra amorfa que suena como un artefacto de percusión completo) la cosa se multiplica y el concierto se dispara en interés y perfección. Joseph (estuvo sobre los escenarios formando parte de la Steve Miller Band) es un terremoto con el teclado y con la talkbox. Es el que arrima el trabajo a territorios que casan siempre bien como son el funky, el soul o el rap. El cuarto de los hermanos, Regi, es el guitarrista. Mucho rock, mucha improvisación que arrastra al que escucha a lugares que están allí mismo de forma inexplicable. Ay, que voz tan bellamente desafinada y rasgada al mismo tiempo. Es un virtuoso.
Dicho todo esto, es necesario señalar que la unión de estos cuatro músicos da como resultado un espectáculo sin igual. Soul, jazz, rock, rap, country, funky y miradas exclusivas de la realidad, removidas con suma delicadeza musical.
El público del Teatro Fernán Gómez disfrutó mucho. Sin bailar, pero mucho. Y es que este concierto era un privilegio que pocas veces se puede disfrutar.
Por cierto, muy bien el sonido cuando no es un concierto fácil.
G. Ramírez

 


Si en el lunes anterior los Yellowjackets habían teñido el Teatro Albéniz de azul con su jazz elegante y cerebral, la noche del homenaje a Bebo Valdés encendió la calidez del Caribe: ritmo, emoción, raíces y alegría. Fue una celebración luminosa y a la vez íntima, una conversación entre generaciones que hablaban el idioma que mejor dominan: la música.

Desde el primer minuto el teatro respiró otro clima. El trío inicial — piano, contrabajo y cajón — abrió la velada con una composición propia, “Sabor a mí”, escrita en homenaje a Bebo. La pieza, más que una canción, fue una declaración de gratitud.
Al piano, Alex Conde desplegó un toque elegante y fresco, un equilibrio perfecto entre técnica y emoción. A su lado, el Negrón, majestuoso al contrabajo, parecía fundirse con su instrumento, abrazándolo como un koala, con la mirada fija en el tintineo de las cuerdas del piano. Y al fondo, El Piraña, figura legendaria del cajón flamenco, tejía la urdimbre rítmica con una entrega total.

El ritmo como plegaria

La composición fluyó entre son, jazz y bulería. Cada músico respiraba en el otro, sin jerarquías, con respeto y libertad. Era la música como acto de fe: no buscaba impresionar, sino invocar a Bebo desde el alma.
Tras un par de piezas, Alex Conde presentó al cantaor Rafita de Madrid, quien llenó el escenario con su voz rasgada y profunda. Interpretó una versión estremecedora de “Lágrimas Negras”, mezcla perfecta de jazz, flamenco y cante jondo.
Aquello fue pura emoción física: la voz, el piano y el cajón se fundieron en un lamento colectivo. Durante varios minutos el teatro respiró al mismo tiempo; no hubo un solo espectador que no sintiera el corazón apretado.


Cambio de alma, mismo instrumento

Después del primer bloque, Alex Conde cedió el piano a un músico cubano: Cucurucho Valdés, heredero directo de la dinastía Valdés, sobrino de Chucho e hijo musical de Bebo. El cambio fue inmediato.
Si Conde sonaba clásico y luminoso, Cucurucho era pura tormenta tropical. En sus manos el piano bailaba: cada nota era una sonrisa. Tocaba con todo el cuerpo, con la cabeza, con el alma. A ratos, mientras lo observábamos, resultaba inevitable imaginar que en su mente flotaba un bocadillo como de Homer Simpson bailando salsa en un salón de La Habana.
Transmitía la felicidad de quien juega con su instrumento, de quien celebra la vida a golpe de tecla. Su energía era tan contagiosa que el público se movía en las sillas, incapaz de permanecer quieto.
Cucurucho recordó que el piano puede ser también alegría, no solo solemnidad; que puede hacerte bailar sin que te levantes del sitio.

Romance y melancolía

El repertorio del segundo bloque viró hacia la nostalgia. Sonó “Romance en La Habana”, pieza del costarricense Ray Rico, interpretada con un tono suave y melancólico, evocando las noches cálidas de Cuba.
Luego llegó “Rosa Mustia”, un bolero solemne, profundo, casi trágico, donde el piano lloraba y el contrabajo respondía como un eco grave.
Fue un tramo introspectivo, una pausa emocional dentro del homenaje: si el inicio había sido celebración, aquí el recuerdo se volvió oración.

El contrabajo que abraza y mira

Durante todo el concierto el Negrón sostuvo el alma del grupo. Su relación con el contrabajo era casi humana: lo abrazaba, lo miraba, lo hacía vibrar con ternura. Había algo hipnótico en esa imagen, como si su mirada mantuviera viva la música. Cada nota parecía salir no del instrumento, sino del contacto entre ambos.

El duelo del Piraña

El momento más conmovedor llegó cuando El Piraña dedicó una pieza a su hermano, recientemente fallecido. Tocó con el rostro empapado, secándose las lágrimas y el sudor al mismo tiempo, mientras el cajón latía como un corazón.
No hubo palabras, solo compás. En ese silencio compartido se entendió todo: la música como refugio, como catarsis, como vida.

El canto heredado

En una de las escenas más entrañables, Cucurucho Valdés invitó a su padre, José Rivero Francisco, a cantar. Antes contó que había crecido rodeado de sonidos: “En mi casa lo primero que oí no fueron palabras, fueron instrumentos —saxos, clarinetes, pianos—. Soy un afortunado”.
Acto seguido, padre e hijo interpretaron “Cómo fue”, el clásico inmortalizado por José José.
El teatro se convirtió en sala de estar: una voz veterana de bolero, cálida y contenida, y un piano que la arropaba con amor. No hubo alardes ni solos; solo la belleza de lo sencillo. Cuando terminó, el aplauso fue más un abrazo que un ruido.

Dos pianos, una sonrisa

Casi al final, Cucurucho invitó a subir nuevamente a Alex Conde. Ambos se sentaron frente al piano, dos almas, veinte dedos y un solo instrumento.
Lo que siguió fue un juego entre genios: improvisaciones cruzadas, miradas cómplices, carcajadas. Uno lanzaba un motivo, el otro lo devolvía transformado. El público reía y aplaudía cada cruce de manos.
Era el espíritu de Bebo encarnado: libertad, humor, elegancia, complicidad.


Un final espontáneo

Cuando parecía que todo estaba dicho, apareció en escena Luis Guerra, otro gran pianista, que regaló un par de minutos de pura inspiración. Fue breve, chispeante, el broche perfecto para una noche que no quería terminar.

El eco de Bebo

El público se levantó de inmediato. No eran aplausos de rutina, sino un agradecimiento profundo. Porque todos sabíamos que, de alguna manera, Bebo Valdés había estado presente.
Su espíritu flotaba entre los músicos, no como un recuerdo melancólico sino como una luz cálida, un soplo de vida.
Este concierto no fue solo un tributo: fue una conversación con el maestro, un acto de continuidad. Hablaron con él en su idioma — la música — con las palabras que él mejor entendía: un contrabajo que respira, un piano que ríe, un cajón que llora y un público que escucha.

El idioma de la alegría

La música de Bebo Valdés no pertenece al pasado. Vive en cada músico que lo invoca con honestidad, en cada nota que huele a mar y a café, en cada sonrisa que el ritmo arranca.
El homenaje del Albéniz fue eso: una celebración de la vida que suena. No nostalgia, sino presente.
Porque el legado de Bebo no es una técnica: es una actitud, una manera de sentir. Esa alegría serena y elegante que convierte el dolor en belleza, la tristeza en ritmo, la memoria en fiesta.

Y así, cuando la última nota se apagó, el Teatro Albéniz se quedó un instante en silencio.
Luego, lentamente, la gente comenzó a salir. Pero todos llevábamos algo en el pecho: la certeza de que Bebo Valdés sigue hablando, todavía, a través de sus hijos musicales.
Y que por una noche, Madrid fue La Habana.

María Sanz Sauco

 


Fotos @lonajulian@salavillanos


Hay noches que parecen suspendidas en el tiempo, que te reconcilian con la belleza, con la emoción, con la música entendida no como espectáculo sino como un acto de comunión. Lo que sucedió esta noche en el Teatro Albéniz fue exactamente eso: una experiencia sensorial y emocional tan intensa que cuesta traducirla en palabras sin temer empobrecerla. Los Yellowjackets, leyenda viva del jazz contemporáneo, ofrecieron un concierto que no solo recordó por qué llevan casi cinco décadas sobre los escenarios, sino que confirmó que siguen siendo, ante todo, una banda con alma.

El Teatro Albéniz se transformó para la ocasión. El majestuoso coliseo madrileño, acostumbrado a grandes producciones y luces de espectáculo, se convirtió anoche en un íntimo club de jazz, un refugio de penumbra y calidez donde todo invitaba a dejarse llevar. Las luces eran bajas, matices en azul, violeta y rojo que bañaban el escenario con una suavidad casi pictórica. El fondo escénico mostraba unos sillones y mesas vacíos, como el eco silencioso de una taberna o un club cerrado después de medianoche. Esa elección escenográfica era brillante: al mirar hacia el escenario, el espectador tenía la sensación de que los músicos estaban tocando solo para él.

Con el patio de butacas apenas iluminado por las pequeñas lamparitas de las mesas, se creaba una intimidad casi hipnótica. Uno se sentía envuelto, solo en una sala escuchando una maravilla que parecía dedicada en exclusiva, una especie de conversación secreta entre los cuatro músicos y cada alma presente en el teatro.

Una travesía emocional

Desde los primeros compases, se entendió que esta no sería una noche cualquiera. El cuarteto, formado por Bob Mintzer (saxo), Russell Ferrante (piano y teclados), William Kennedy (batería) y el más joven de la formación, el bajista Dane Alderson, desplegó un repertorio impecable que alternó composiciones clásicas del grupo con piezas nuevas firmadas por Kennedy y Alderson.

El resultado fue un viaje emocional que transitó por todos los registros posibles: la nostalgia, la euforia, la contemplación, el vértigo y la ternura.

Había momentos en los que el público apenas respiraba. Otros, en los que la energía era tal que parecía imposible quedarse quieto en la silla. Cada tema era un pequeño universo con su propio pulso y su propio color. Y sin embargo, todo estaba perfectamente engranado: una máquina sonora de precisión matemática, pero al mismo tiempo profundamente humana. El fraseo milimétrico de Mintzer; el trabajo robusto de los braceros que hacían parecer imprescindibles y eternos el sonido de la batería y el bajo; o la capacidad para buscar nuevas formas de expresión del pianista, iba convirtiendo en un espectacular diálogo lo que sucedía en el escenario.

El arte de escuchar(se)

Quizá lo más asombroso de los Yellowjackets sea su capacidad para escucharse entre sí. En una época en la que la música tiende al exceso y a la sobreproducción, ellos demuestran que el verdadero virtuosismo está en el equilibrio.

William Kennedy, desde la batería, no solo marca el ritmo: dialoga con el resto de los músicos, responde, propone, improvisa con la energía de un adolescente y la sabiduría de un veterano. Es imposible apartar la vista de él: cada golpe, cada acento, cada silencio está cargado de intención. Su cuerpo entero parece un instrumento. En algunos pasajes, el esfuerzo físico era tan evidente que uno pensaba inevitablemente en el precio de esa entrega: “ya puede tener un fisioterapeuta de primera”, se escuchó murmurar entre risas admiradas en una mesa cercana. Pero sobre todo, lo que transmitía Kennedy era pasión pura, esa clase de energía que no se finge, que solo brota de quien vive el ritmo como una extensión de sí mismo.

Frente a él, Dane Alderson, el joven bajista australiano, aportó frescura y una musicalidad deslumbrante. A pesar de ser el benjamín del grupo, se movía con una naturalidad sorprendente entre los gigantes que lo rodeaban. Sus composiciones trajeron una brisa contemporánea sin romper la esencia del cuarteto: su bajo, profundo y melódico, era el hilo invisible que unía las piezas, el puente entre la tradición y el presente. Hay algo casi conmovedor en verlo tan integrado en un grupo con 47 años de historia, como si la antorcha del jazz pasara ante nuestros ojos de una generación a otra, sin rupturas, sin egos, con respeto y admiración mutua.

El milagro del piano y el saxo

Si Kennedy es el corazón rítmico de la banda y Alderson su impulso joven, Russell Ferrante y Bob Mintzer son el alma melódica. Ferrante, fundador y pianista, regaló momentos de auténtico hechizo. En una de las piezas más memorables de la noche, alternaba con una mano el piano acústico y con la otra un teclado electrónico, creando una textura sonora doble que parecía venir de dos músicos distintos.

Su manera de tocar tiene algo de artesano: no busca deslumbrar por velocidad o técnica, aunque podría hacerlo con facilidad. Lo suyo es el color, la atmósfera, el tono exacto que da sentido a todo lo demás. Cada nota está medida, cada acorde tiene el peso de la emoción justa. Verlo tocar es como ver pintar con luz.

Y luego está Mintzer. Qué decir de Bob Mintzer. Su saxo no suena: habla. O más bien, canta. Hubo momentos en los que literalmente se escuchaban suspiros entre el público durante sus solos. La potencia, la expresividad y la fluidez con la que pasaba de un registro a otro eran de una maestría apabullante. Pero más allá de la técnica, lo que quedaba era la emoción: esa sensación de estar presenciando algo irrepetible. En cada fraseo, en cada pausa, había historia, había alma, había una conversación íntima entre el músico y su instrumento, entre los miembros de la banda. Y, por extensión, entre el músico y cada uno de nosotros.

Fotos @lonajulian@salavillanos

Jazz como lenguaje del alma

Lo maravilloso de los Yellowjackets es que, pese a la complejidad de su música, nunca suenan intelectuales ni fríos. Su jazz es cerebral, sí, pero también profundamente emocional. Tienen la rara virtud de combinar precisión y sentimiento, virtuosismo y calidez.

En algunos temas, el sonido te envolvía hasta hacerte cerrar los ojos: la música te llevaba a otra parte, a otro tiempo. Uno podía imaginarse paseando con la persona amada por las calles vacías de Nueva York, con la lluvia dibujando reflejos en los charcos; o bailando lentamente bajo las luces de un salón de los años 40, mientras una orquesta invisible tocaba solo para ti; o perdido en una terraza de París al caer la noche, con un vino y una promesa.

El jazz, cuando es verdadero, tiene ese poder: el de transportarte sin moverte del sitio. Y eso es exactamente lo que ocurrió anoche.

El público: cómplice silencioso

Pocas veces se ve a un público tan respetuoso, tan entregado, tan consciente de estar viviendo algo especial. En el Teatro Albéniz no se escuchaban móviles ni murmullos, solo el sonido puro del escenario. Tras cada solo, los aplausos surgían espontáneos, como un acto reflejo de gratitud.

Al finalizar el concierto, el público se levantó en pie en una ovación prolongada, casi reverencial. Los músicos, visiblemente emocionados, respondieron con una sonrisa y un bis que fue un regalo inesperado: una pieza más íntima, casi susurrada, que cerró la velada como una caricia final.

Una lección de vida y música

Hay conciertos buenos, incluso brillantes. Y luego están los conciertos que te marcan, los que te hacen salir del teatro diferente a como entraste. El de los Yellowjackets fue uno de ellos. No solo por la perfección técnica —que la hubo, y mucha—, sino por la humanidad que emanaba de cada compás.

Ver a un grupo con casi medio siglo de historia tocar con esa frescura, esa complicidad y esa pasión es una lección en sí misma. En un mundo musical que a menudo idolatra la novedad, ellos recuerdan que el arte verdadero no envejece: evoluciona, se transforma, se renueva a sí mismo.

Cuando se encendieron las luces y el público empezó a levantarse, había en el aire una mezcla de alegría y melancolía. Alegría por haber presenciado algo tan hermoso; melancolía porque uno sabía que esa magia, por definición, no se puede repetir. El jazz es así: efímero, imperfecto, irrepetible.

Pero precisamente por eso nos toca tan hondo. Porque en cada nota que se desvanece hay una promesa de eternidad.

Anoche, en el Teatro Albéniz, los Yellowjackets no dieron un concierto. Ofrecieron una experiencia de vida.

Y quienes estuvimos allí sabemos que, por unas horas, Madrid tuvo el alma azul del jazz.

María Sanz Sauco

La banda de Paquito D'Rivera en Teatro Fernán Gómez CCV © Madrid Destino / Jesús Hellín
 

Último concierto sobre el escenario del Teatro Fernán Gómez CCV programado en el Festival Internacional Jazz Madrid. Como estaba previsto, ha sido un concierto de enorme calidad. Y es que Paquito D’Rivera nunca falla.

El jazz latino gusta mucho en países como España, entre otras cosas, porque lo entendemos muy bien. Aquí también sabemos bailar la vida, celebrar cada minuto de la existencia. Sobre todo de Despeñaperros para abajo aunque los demás no hacemos ascos a vivir intentando ser felices y si es bailando mejor. Todo lo que tiene que ver con el jazz latino  es familiar y cercano, todo es mágico.

Paquito de D’Rivera es un músico descomunal. Según él mismo afirmó durante el concierto del domingo 24 de noviembre, ya son setenta años haciendo música. El que escribe no recuerda un solo concierto de este hombre sin el éxito presente como invitado especial, un solo concierto que defraudase al personal, un solo concierto anodino o planito. Además, Paquito D’Rivera es un tipo cercano, muy simpático, y eso ayuda a que la comunión con el público sea absoluta.

Paquito D'Rivera en Teatro Fernán Gómez CCV © Madrid Destino / Jesús Hellín

Paquito D´Rivera se rodea de músicos extraordinarios. Disfrutamos de Pepe Rivero al piano, un músico con el swing en la punta de los dedos que es capaz de convertirse, desde el primer compás, en el vertebrador del obligado diálogo entre instrumentos. Y disfrutamos de un tema compuesto por él mismo que tituló ‘Pa’ Bebo’.  Elegante en la interpretación, con una enorme carga de reminiscencias clásicas en su música (la formación de este hombre es sólida a más no poder) y una capacidad para la improvisación portentosa. Disfrutamos de un contrabajista Reinier Elizarde ‘El Negrón’ que dejó un par de solos para el recuerdo. Su aportación en el tema compuesto por D’Rivera ‘Basstronaut’ (algo parecido a ‘El bajonauta’) fue de las que dejan boquiabierta a la platea en su totalidad. Soportando la base rítmica es un seguro de vida y si es en compañía del baterista Georvis Pico el efecto se multiplica de forma exponencial. Vaya dos braceros que lleva D’Rivera al lado. Y también disfrutamos del vibrafonista colombiano Sebastián Laverde, un músico eficaz, robusto en la interpretación de la partitura y chispeante en la improvisación. Por si era poco, se unió a la fiesta a medio concierto el armoniquista Antonio Serrano. Sensacional en todo lo que hizo Serrano.

Además de los temas ya mencionados, sonaron el ‘Nocturno de celda’ de Chopin, ‘Mambo influenciado’ de Chucho Valdés, una delicada –casi sofisticada- versión de ‘Cinema Paradiso’ de Ennio Morricone, un tema compuesto por D’Rivera en honor a su esposa ‘A Brenda con amor’ y del ‘Concierto para Clarinete en La’ de Mozart el segundo movimiento convertido en un blues.

El público ovacionó a los músicos sin dejarse una palmada. Y la despedida de este espacio del Festival Internacional Jazz Madrid 24 queda en el recuerdo de los aficionados. Por siempre jamás.

G. Ramírez

 

Michel Camilo y Tomatito en Teatro Fernán Gómez © Madrid Destino / Jesús Hellín

El Festival Internacional Jazz Madrid llega, sin prisas, a su recta final. Madrid ha estado sonando durante semanas a buena música, a jazz clásico, a modernidad o a precioso mestizaje musical; en definitiva a libertad absoluta en la composición y en la interpretación. Madrid se va perfilando como una de las capitales del jazz en Europa.

Fusionar el jazz latino con el flamenco tiene su complejidad. Eso no es ninguna novedad. Intentarlo con un piano y una guitarra, y solo con ello, resulta bastante más complicado y no deja de ser una apuesta arriesgada y, si no nueva, poco frecuente. Hay que tener en cuenta que con esos dos instrumentos hay que crear una base rítmica (que no puede faltar) y que sustituir la batería o un contrabajo con el piano o las seis cuerdas de una guitarra no es cosa que pueda hacer cualquier músico. Solo los virtuosos, los que son capaces de sumar notas a velocidad del rayo y colocarlas en su lugar exacto, son capaces de conseguirlo. Michel Camilo, al piano, y Tomatito, a la guitarra, lo logran con una facilidad pasmosa que, difícilmente, se puede encontrar entre los músicos actuales. Swing y profundidad en cada compás.

La sala Guirau del ‘Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa’ se vestía de gala para recibir a dos músicos grandes, virtuosos, esenciales en el panorama jazzístico actual. Por separado, ambos músicos han demostrado en innumerables ocasiones que hacen sonar sus instrumentos con personalidad propia, con elegancia, con gran conocimiento musical y una técnica solo al alcance de un puñado de músicos a lo largo de la Historia. Juntos, forman un tándem inigualable que funden los ritmos latinos y caribeños más puros con el flamenco más clásico. Michel Camilo es un pianista formidable que despliega elementos técnicos reservados a los virtuosos; es, además, un músico capaz de sentir melodías que emanan del agua de mar, del sol caribeño, del son al que millones de personas danzan la vida cada día. Tomatito es un guitarrista hondo, un músico que resguarda en los trastes de su instrumento la forma de entender el mundo que los hombres y mujeres gitanos han ido acumulando durante siglos. El son latino, el flamenco más puro, un binomio que sobre un escenario solo puede generar entusiasmo, sensaciones arrasadoras y alegría por vivir, entre los asistentes a un concierto.

Tomatito durante el concierto en Teatro Fernán Gómez © Madrid Destino / Jesús Hellín

Llegaban Camilo y Tomatito para presentar su nuevo disco ‘Spain Forever Again’ y, por supuesto, no defraudaron a nadie. Además, de los temas que componen este trabajo, sonaron algunas piezas de anteriores discos como, por ejemplo, ‘A mi niño José’ de Tomatito incluido en ‘Spain’ o los temas que sirvieron de tributo a Chick Corea que se incluyeron en los tres trabajos anteriores del dúo. Gustó mucho la versión de ‘Alfonsina y el Mar’ que llegó a la platea envuelta en elegancia, delicadeza y un cuidado extremo para no malherir la esencia de la canción. ‘Remembrance’, firmada por Michel Camilo; el Adagio del Concierto de Aranjuez; o ‘La leyenda del tiempo’ que hacia presente al mismísimo Camarón de la Isla; fueron construyendo un concierto estupendo. Camilo y Tomatito son viejos conocidos del público de Madrid aunque no por ello dejan de sorprender en cada ocasión. Las ovaciones se sucedieron hasta la de despedida que fue larga, agradecida y sincera.

Michel Camilo © Madrid Destino / Jesús Hellín

La sala Guirau del ‘Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa’ se llenó para recibir a estos dos artistas como no podía ser de otra forma.

Al acabar el concierto, Madrid esperaba encerrada por la oscuridad otoñal que nos recuerda la llegada del frío y el agua de lluvia. Pero hoy eso da igual porque podemos caminar la ciudad con sonidos que nos llevan a la costa cubana, a los atardeceres naranjas que se bailan en el malecón de La Habana. Es la magia de la música.

G. Ramírez

Lakecia Benjamin. / Fotografía © Madrid Destino  Jesús Hellín 3

Desde que el bebop nació como forma de protesta y nueva forma de expresividad del jazz, la evolución de la música se aceleró porque esa especie de revolución de los instrumentos, bien influyó directamente en otras músicas, bien produjo un contagio de las periferias que hicieron saltar por los aires normas que parecían eternas en la música. Y, desde aquel tiempo, no todo el mundo ha sido capaz de entender el jazz. Si los códigos conocidos se diluyen la cosa se complica para los que no quieren hacer esfuerzos y tienden a conformarse con lo de siempre. El problema sigue vivo. Y, por esta razón, una música como la que hace Lakecia Benjamin, siendo extraordinaria, no termina de ser atractiva para un tipo de público. Media entrada como mucho.

Lakecia Benjamin es, en sí misma, un espectáculo total. Carácter chispeante y agradable a partes iguales, actitud arrolladora sobre el escenario que parece quedarse pequeño con tanto talento encima. Reivindicativa respecto al papel de la mujer (en el jazz, desde luego aunque, sin duda, en el resto de los ámbitos también), entregada al público desde el primer compás, y, sobre todo, tocando el saxo, un instrumento que pegado a sus larguísimos dedos parece haber llegado al mundo con ella. El concierto de ayer en el ‘Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa’ fue espectacular gracias a esta mujer y a los músicos que le acompañan. Porque Zaccal Curtis al piano, Elias Bailey en el contrabajo, y el baterista E.J. Strickland, dieron un recital de virtuosismo con sus instrumentos. Los tres son rapidísimos haciendo música; y no solo me refiero a la velocidad de las manos sobre el teclado, sobre las cuerdas o con las baquetas, que también, sino por una rapidez de ideas que deja atónito al que escucha. Los solos del pianista fueron descomunales y casi quirúrgicos; los solos del baterista exactos y de una brillantez exquisita. El que quedó inédito en este sentido fue Bailey, un contrabajista de enorme categoría; un músico que aguanta la base rítmica en cada tema con una robustez brutal. Es de los que no fallan una nota. Por supuesto, la compañía como bracero de E.J. Strickland es garantía de solvencia.

Lakecia Benjamin. / Fotografía © Madrid Destino  Jesús Hellín 3

Lakecia Benjamin es tan rápida de ideas como el resto de su banda; y tocando el saxo desborda todas las expectativas posibles. Toca y suena John Coltrane, Y suena Ornette Coleman. Y resuena en cada compás la música de Charlie Parker. Eso sí, suenan envueltos por una personalidad arrolladora de una mujer que lleva muchos años ya trazando un camino envidiable en el universo jazzístico mundial; un camino dibujado con un fraseo original que busca, en todo momento, un desahogo creativo y una clara eliminación de opacidad en la expresividad. Funk, bebop, rock o hip hop, se funden con el jazz más clásico para servir de amalgama en una música desbordante en su intensidad y envolvente por su contundencia. A este nivel, no creo que se puedan encontrar más de cuatro o cinco artistas. La descomunal exhibición que dio Lakecia Benjamin sobre las tablas del Fernán Gómez fue brutal, explosiva y demoledora con cualquier prejuicio que alguien tenga respecto al jazz moderno.

Lakecia Benjamin, junto al baterista, puso la platea del revés interpretando ‘My Favorite things’ (Oscar Hammerstein II y Richard Rodgers). Su capacidad pulmonar ya les digo yo que no es normal. Entusiasmaron al personal ‘Trane’, ‘Mercy’ y ‘Moods’, temas compuestas por ella misma. Gustaron muchísimo el resto. Personalmente, me pareció estupenda la versión de ‘Cissy Strut’ (The Meters), aunque estuve del revés, entusiasmado y muy entretenido como todo el mundo y en los mismos momentos.

Desde luego, la presencia de esta mujer en el Festival Internacional de Jazz de Madrid es todo un lujo, y el lustre que aporta al conjunto no es cosa menor.  Fantástico concierto. Inexplicable que los aficionados no acudieran a la llamada del buen jazz y la platea se quedara a mitad de capacidad.

G. Ramírez

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BIENVENIDOS

¡Ya estamos aquí! Y sólo necesitamos de dos minutos y cuarenta segundos de tu tiempo; lo suficiente para llamar tu atención y conseguir que te quedes por aquí un rato más. Jazz, ópera, danza, teatro y televisión serán los temas sobre los que todos diremos aquello que nos parezca pertinente. Lo impertinente nos lo podemos ahorrar. ¡Qué ganas tenía de tenerte tan cerca!

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