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Dos minutos, cuarenta segundos y una trompeta


No puede confundirse el aspecto de una persona con su nivel cultural. Eso sería un error tan grande como pensar que todos los miembros de la clase media son angelitos bondadosos. O que los ricos son monstruos horribles que devoran bocadillos rellenos de monedas de dos euros. Y no puede confundirse al deportista urbano con un macarra peligroso porque luzca un enorme tatuaje en el hombro. Es igual de injusto y estúpido. 
Siempre que nos referimos a la cultura tendemos a pensar en obras de arte, en manifestaciones de belleza aplastante, en películas de cine (a veces, aburridísimas que se convierten en imprescindibles sin saber la razón). Pronunciamos la palabra cultura y nos elevamos millones de metros saboreando armonía; escuchamos la palabra cultura y nos dejamos llevar, sin poner resistencia alguna, llamados por la belleza. Pero la cultura es más que un museo o una sala alternativa de arte contemporáneo. La cultura es, fundamentalmente, un arte en sí misma: el de las relaciones entre personas y el de las relaciones del ser humano con el entorno. Conocer a otros y saber qué hacer con ellos y para ellos; conocer el territorio y cuidarlo, saber ocuparlo. Eso es lo fundamental de la cultura porque si falta eso no puede existir ni la música, ni la pintura, ni el cine, ni la literatura. 
En la Plaza de Colón de Madrid, los fines de semana, se reúnen un grupo de chicos y chicas que montan bicicletas del tipo BMX para practicar la modalidad conocida como Flatland. Logran piruetas improbables, giros de todo tipo sobre la rueda trasera o delantera, equilibrios desafiantes con las leyes físicas mientras escuchan su música preferida en los reproductores que les permiten una concentración suficiente para lograr estampas imposibles sobre la bicicleta. Y lucen gorras colocadas con la visera en la nuca, pantalones vaqueros estrechísimos, camisetas que mezclan colores llamativos por sus formas y colores, calzado deportivo... Son uno de esos grupos que, a los más remilgados, podrían causar cierta inquietud por las pintas que gastan. En España solemos valorar a la gente por la marca de sus pantalones.
Pues bien, estos chicos, un buen día, decidieron que querían vestir como sus amigos, escuchar un tipo de música concreto que sirviera de punto de encuentro, decidieron formar un grupo en el que se pudiera compartir un tipo de vida y, por tanto, una cultura. Madrid es una ciudad grande, con limitaciones importantes en sus calles; es de esos lugares que invitan a practicar un deporte urbano como es la BMX (una de las ciudades con mayor número de practicantes de este deporte es Tokio; a menor número de parques y lugares de ocio corresponde un mayor número de practicantes de los deportes considerados urbanos). Estos deportistas son como son y visten como visten. Pero, por ello, ven la vida de una forma única y original. Practican deporte donde pueden y como pueden. Se relacionan con el universo como creen que mejor pueden hacerlo. Viven la cultura del tatuaje, la del peinado o la del piercing; todo lo que tiene que ver con el sabor urbano de las cosas, con la estética rebelde que marca el territorio de clases sociales procedentes –muchas veces- de condiciones muy desfavorables.
En ese grupo que se ubica en la madrileña Plaza de Colón, encontramos universitarios, estudiantes de bachillerato, algunos ya son trabajadores y no faltan los que se dedican, de forma exclusiva, a la práctica de este deporte. Ya pueden vivir de la competición, de sus patrocinadores. Para el que no lo sepa, añadiré que uno de estos muchachos se convirtió en uno de los ryders más cotizados del mundo al proclamarse un puñado de veces campeón del mundo. Todavía se deja ver por allí cuando está en España. Todos estos chicos y chicas, además de subirse a la bicicleta, no pierden ocasión de estudiar, de hacer fotografía; acuden a los museos o leen libros (algunos dificilísimos, se lo garantizo). 
Esto, no hace falta insistir, es cultura. Callejera o como quiera llamarse, pero cultura. Sin embargo, se percibe como algo distinto. Diversión, pérdida de tiempo, rareza... ¿No es tremendo, injusto y del todo vergonzoso que, todavía hoy, sigamos pensando de esta forma? 
Mientras sigamos creyendo que la cultura es eso que está ubicado en un lugar cerrado y exclusivo, en las universidades o en las iglesias artísticas y sólo en esos lugares, estaremos condenados a no poder disfrutar de todo el abanico formado por las distintas opciones que nos ofrece una sociedad plural y libre, estaremos condenados a no disfrutar de nuestro mundo.
G. Ramírez
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